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Érase una vez un pintor

Arminda García Galván

Érase una vez un pintor... que exploró formas y colores, revolucionó su destino y salió al mundo un poco temprano.

Porqué todo nos espanta y nos turba todo (¡ay Santa Teresa!), hay un tremendo lío de relaciones entre el dar y el tomar del mundo que se queda oscuro.

Y el modo de extrañarse ante sí mismo y los otros, ante la vida toda da fruto extraño a su vez que madura silencioso dentro de uno.

Al ofrecer tal alimento al mundo, cada cual hace su regalo y aparecen delicias de distintos sabores y aporte calórico.

Para el espíritu claro, pues por mucho de teórico, el Arte va a encontrarse con uno de los suyos. Más allá de lo pensado y por su través y más allá de lo sentido, la intuición se pasea descalza, dando saltitos para alcanzar la conciencia.

Un mensaje inefable ha llegado, un aliento invisible que salió de un cuadro y este de un hombre que le dice a otro lo que le ha pasado, y que denunció el espanto que estaba servido.

Y sabiendo hablar con cráneos y con la tensión de un cuerpo cosido y pudiendo decir con la fragilidad del humo y la transparencia de burbujas y nubes, recogió todo el misterio y lo arrojó en pinturas y dibujos con el poder de la valentía de explicar las cosas tal cómo son y no de otra manera.

De entre las pócimas que encantan un cuadro, cualquiera de Joan Castejón, me admira la primera, el movimiento. El que nos alcanza al galope encima del esqueleto de la pata de un caballo o el que camina despierto en los desplazados. Y el movimiento interno que enciende los “Capvespres”, ilumina estáticos y hace humanas las “Humáquinas”. Y es ese movimiento que entonces y aun en el espanto de los dibujos de cuando estuvo preso deja pasar a la belleza, tan humilde como ufana, sin desdecir nada al tormento pero ¡ay! Por encima de él, aun sin saberlo.

Y llegaron tiempos menos oscuros y sin dejar de pintar lo que ocurría un poco más lejos, ganaba la belleza la carrera que de nuevo no intentaba deshacerse de la gravedad del motivo y he aquí los “Capvespres” más o menos heridos. Después los “Músics” y ¡Oh! Majestuosas “Humáquinas” con los honores pictóricos de la realeza retratada por los pintores de antes.

Porqué de sí mismo nadie se escapa, no es un viaje por lo externo lo que Castejón nos propone: pedacitos rescatados de esqueletos, de vestidos, de cacharros. La proporción, el volumen, los colores, la Belleza, nos lleva al borde de nos y allí nos dejan, perdidos en un encuentro con ella. Y cierras los ojos y te dejas de pensar y cuando miras de nuevo ves el agujero lleno hasta rebosar de uno. Y ese uno somos nosotros, pues sin nos no puede valerse el Arte que cómo acto de comunicación, cómo comunión, nos necesita para acabarse. El genio se aparta de lo evidente, se queda entre los pliegues, se aparece disimulado en cada trocito. Porqué es un hacer sin querer. No se exhibe sino que solo es, como resbalado. Esperándonos, para tensar el arco y disparar la flecha.

Ahora, en ese estado de presente que se hace evidente ya o un poco más tarde pero que está aquí dispuesto, érase una vez un pintor que ya no se puso ante nada sino que se metió dentro y dejó de extrañarse para convertirse en extrañeza misma. Dejó de pasmarse, de quejarse, de admirarse. Se hizo cargo de sí y se convirtió en sí y cuando le vino a pedir cuentas el mundo, solo se pudo entregar a sí mismo. Tal honestidad es el mejor de los tesoros, porqué ese sí mismo es igualito en todos. Es Uno. Madre de la universalidad del Arte. A quien nos vamos a ver para regocijarnos. A jugar con el amigo. Igual que intuimos tras la contundencia de la apariencia la verdad que respira, así ya no importa lo dibujado ni lo pintado, sino la mano que con todo ello se ofrece a estrechar nuestra mano. Ya se transcendió el oficio y el artificio al recibir el verdadero regalo.