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Castejón, lector del Quijote

Castejón, lector del Quijote

J . J . Armas Marcelo

Recuerdo el estudio de Joan Castejón, en las cercanías del pueblo de Arucas, isla de Gran Canaria. Hacia el año 1973. Recuerdo al pintor volcado pasionalmente en la preparación de una exposición monumental, que también representaba un homenaje, sobre el mundo de Cien años de soledad, la novela de García Márquez que en menos de cinco años se había convertido en un fenómeno de masas. En la idea del artista levantino no estaba, de ninguna forma, una exposición que viniera a ilustrar el texto de la inmensa novela del colombiano como la mejor de las compañías para un libro de gran éxito, sino una muestra plástica que leyera libremente y alcanzara incluso a reinventar el universo del realismo mágico que el escritor había conseguido con una arquitectura literaria de una perfección impecable. El Cien años de soledad de Joan Castejón fue una exposición de más de sesenta cuadros, según mis recuerdos, que tuvo lugar en la Galería Cairasco, a finales de ese mismo año, 1973, y en la Galería Pecanins de Barcelona, al año siguiente, y para cuyo catálogo escribimos Carlos Barral, Mario Vargas Llosa y yo mismo. Recuerdo la exposición del Cien años de soledad de Castejón en Las Palmas de Gran Canaria, pero sobre todo en Barcelona, con la presencia de Mercedes Barcha, esposa de García Márquez, Juan Marsé, Jorge Edwards y los citados Carlos Barral y Mario Vargas Llosa, entre otras personalidades del mundo artístico barcelonés y de escritores del boom latinoamericano de la novela de los 60.

Recuerdo el gran esfuerzo plástico del pintor por plasmar en esta poética la relación directa de su obra con la lectura de textos y autores literarios. Su idea sustancial, en el caso de Cien años de soledad sin duda alguna, se basaba en reclamar para su pintura un espacio sacral que, transformado en vaso comunicante con un texto estrictamente literario, inventara un mundo que sin dejar de ser el literario representara y expresara, sin embargo, algo nuevo, distinto y autónomo de la misma obra literaria. A esta característica poética me refiero cuando hablo del proyecto y el deseo de Castejón de reinventar Cien años de soledad en su homenaje plástico a la novela de García Márquez. Y tiene que ver directamente con lo que, en “La realidad de lo imaginario”, Román de la Calle llama con acierto “la función poética” de la pintura de Castejón al referirse al interés del pintor por la escenificación y las galerías de personajes, “fieles repartos de caracteres típicos de una obra tragicómica imaginaria”. Si escribo de Castejón empezando aquí por su Cien años de soledad, lo hago porque estoy convencido de que esa muestra representa para el pintor una determinada e importante culminación de toda su obra plástica, un punto y aparte en su producción artística, en su relación con el mundo, con su visión del mundo, y en su relación con el universo de la literatura y la lectura. Recuerdo que a partir de esa fecha, Castejón trasladó su residencia de Canarias a Levante, a Dènia, para reencontrarse con su país tras una larga estancia insular. Hasta ese momento, la galería de personajes de Castejón, sus estudios, a medio camino entre el hombre y los animales, casi siempre figuras antropomórficas y zoomórficas, me habían llamado en extremo la atención porque traducían una especie de angustia de neurótica respiración, el aire mismo que el creador artístico trasladaba a sus criaturas en una lucha creativa que, ya lo he escrito hace tiempo, equivale a la transformación global de cualquiera de sus procedimientos estéticos, de todos los esquemas funcionales procedentes de su cambio constante y de la maduración existencial del propio artista.

Esa lucha agónica en transformación perpetua con sus criaturas va a ser parte relevante del cimiento de los materiales con los que Castejón construirá las paredes de su edificio artístico, desde la más acuciante sombra de la angustia hasta los campos blancos del sarcasmo cuyo germen, según el artista, es la anécdota transformada en objeto primero de la obra que, en bastantes casos, ejemplifica simbólicamente “la representación de la degradación del hombre, de la destrucción del hombre, de su transformación en bestia”, según escribió en 1980 Ernesto Contreras en “Fábula y símbolo de Castejón”. En esa suerte de metamorfosis constante de sus personajes, entre Ovidio y Kafka, se mueve una característica importante de la plástica de Castejón, antes y después de la culminación que traduce su Cien años de soledad, muestra de la que Barral escribirá que comporta “un universo personal de la experiencia de las formas”, una característica de su pintura que aparece en toda su pintura como huella dactilar de identidad y a la que el artista no ha renunciado hasta hoy, al pie mismo de una nueva culminación, su lectura del Quijote y su celebración centenaria.

Otra de las características esenciales de Castejón como creador tiene que ver no sólo con la experiencia de las formas artísticas sino con la de sus contenidos vitales, con su vida y su conciencia, porque después de muchos años es rastreable y comprobable, tanto en su vida como en su obra, una coherencia poco común en los tiempos que corren, en una navegación de altura –la suya– que podríamos calificar de excepcional. La crítica especializada y los cronistas del arte demuestran que el mundo artístico que vivimos desde hace tiempo no es, en demasiados casos, más que una puesta en escena y una teatralización de la banalidad mercantil meticulosamente promocionada por determinados medios informativos de gran influencia intelectual, al mismo tiempo factorías de los prestigios contemporáneos calificados con suma frivolidad como geniales; los mismos medios que dejan fuera de la circulación, la publicidad y la propaganda, por sinrazones que se nos antojan de intereses puramente caprichosos cuando no sospechosos de peor calaña, obras y creadores artísticos que no les son cercanos por el hecho flagrante de la rebeldía, confirmada en cada uno de los pasos que dan en la soledad de estar en paz consigo mismo antes que con el mundo de intereses las más de las veces bastardos que suele rodear al mundo del arte.

Reitero aquí mi idea de que Castejón es un pintor dueño de la soledad deseada, alejado por su propia voluntad de los salones mundanos donde se organizan y articulan las jerarquías y acostumbrado hace rato a hacer oídos sordos a los tentadores e insistentes cantos de sirenas para cambiar de rumbo y claudicar ante los poderes terrenales. Su experiencia vital y su obra están al margen de geografías de intereses que no sean puramente artísticos y de todo cuanto hay de simulación e impostura en la crónica del arte contemporáneo. Pero su obra no es en ningún modo marginal al arte y su historia más sobresaliente, sino todo lo contrario: su aparente excentricidad, en el sentido geográfico e histórico, la convierten paradójicamente en central, de ubicación y conocimiento necesarios en el mundo del arte y sus barrios aledaños. La residencia en su tierra ha marcado, al fin, la vida y la obra del artista como primer beneficiario de la luz, y por eso también me parece Castejón no sólo un espadachín invencible que lucha contra sus demonios y fantasmas con un respeto imponente, sino un navegante solitario que no ha cambiado nunca la coherente deriva de su barca por mucho que las apariencias de las tempestades, los huracanes encontrados y las mareas lo aconsejen en primera instancia. Con Castejón estamos además ante un dibujante asombroso. Cualquier expresión de su creación artística pasa inexorablemente por el conocimiento exacto de las técnicas del dibujante que, como un calificado arquitecto urbanista, sitúa cada plano en su instante preciso, cada volumen en su espacio concreto, cada personaje en su trono, cada sombra en su sombra y cada luz en su ventana abierta. Por eso el acarreo del tejido vivo de sus dibujos hasta sus cuadros de medio o gran formato viene a representar siempre para Castejón la gozosa tarea de relación de las formas del papel pintado con las técnicas plásticas al uso, desde el acrílico al óleo, de modo que el dibujante y el pintor resultan desde el principio al final el mismo intérprete del mundo con los personajes escogidos para ser elevados a categoría de obra de arte por el artista levantino.

Recuerdo que siempre me llamó la atención en Castejón su gusto de lectura por determinados autores y obras literarias, y su determinación de homenajear entre dibujos, ceras, papeles, óleos, acrílicos y lienzos, a los escritores y poetas a los que llegó a admirar a través de la lectura de sus obras. Desde su cercano Ausias March, hasta el mediterráneo Kavafis; desde Galdós, insular universal, hasta la epopeya de Los Argonautas; desde Walt Whitman a Gabriel García Márquez, Castejón ha movido su obra muy cerca de la literatura universal, como si parte de su pintura estuviera pagando una benéfica deuda con los textos y los autores admirados por el artista. Por eso recuerdo ahora al pintor en su estudio de Dènia enfrascado en inventar su cuadro titulado La última escena literaria, un caprichoso delirio que se nos ocurrió en largas tenidas conversacionales, entre Castejón y yo mismo, sobre el bestiario contemporáneo de los autores de la lengua española que más nos interesaban. Y aprovecho ahora para afirmar que la lectura de determinadas obras literarias, y la elección de los autores preferidos, responde casi siempre a los gustos personales de los lectores que somos y a nuestra cercanía amistosa con esos mismos escritores.

A la feliz coincidencia de esos gustos de ciertas lecturas, obras y autores, responde la decisión de Castejón de pintar La última escena literaria, hacia finales de los años 80, que representa una reunión de escritores que en la práctica sería fotográficamente improbable de conseguir gracias a sus enemistades y fobias personales. Es un tríptico donde aparecen representados, en torno a una mesa con mantel, y de derecha a izquierda desde el lienzo, los escritores Carlos Fuentes, Caballero Bonald –que guarda en su mano derecha los papeles de la obra inédita La última escena–, Cabrera Infante, Francisco Umbral, Jorge Edwards, García Hortelano, Armas Marcelo –en el hipotético papel de un extraño San Juan Evangelista–, Camilo José Cela –presidiendo la cena y representado como pantocrátor–, Vargas Llosa, Juan Goytisolo, Jorge Semprún y García Márquez, todos ellos vivos y ejerciendo de escritores contemporáneos en el momento en que Castejón decidió pintar el cuadro. A las figuras de los escritores les acompañan dos imágenes traslúcidas: a la derecha del cuadro, la de la única mujer entre todos los escritores varones, celebración de Madame Bovary y simbología de la novela moderna; y a la izquierda del cuadro, el poeta y editor Carlos Barral, como cercanía intelectual, y hasta amistosa en muchos casos, a todos los reunidos en La última escena, la época del boom latinoamericano de los 60, el momento estelar del Premio Formentor y de la editorial Seix Barral. El cuadro está lleno de símbolos, relacionados con los escritores que están en torno a la mesa, desde el camaleón, al borde mismo del centro geográfico del cuadro, con el que Armas Marcelo trata de jugar con un punzón, hasta la fotografía-recortable del artista niño retratado sobre la rodilla derecha de García Hortelano; desde las piedras y el humo sagrado, que devienen huellas dactilares en la pintura de Castejón, hasta un hipotético busto de Cervantes que se despeña destruido fuera de la mesa; desde el perro medio esquelético que corre hacia la derecha del cuadro hasta el símbolo de la propia editorial Seix Barral, situado en el extremo inferior derecha de La última escena. Es digno de reseñar el retrato de García Márquez, con los pies cruzados y jugando entre sus manos con unas monedas de oro, así como el gran parecido de Jorge Semprún con el revolucionario Robespierre –señalando con el dedo índice de su mano derecha al autor de Cien años de soledad– y el de Caballero Bonald con Lenin en sus tiempos de madurez igualmente revolucionaria.

La última escena de la literatura, que se mueve entre el sarcasmo y el retrato de época al modo de la Última Cena de Cristo y sus apóstoles, fue expuesto ante un exiguo público escogido de entre los amigos más cercanos sólo una vez, en un almuerzo privado, hace años, en Madrid, en el momento de su “estreno”, a pocos días de haberla terminado de pintar Castejón en su estudio de Dènia. Desde entonces hasta ahora, lo ha podido ver muy poca gente y luce colgado en el salón en mi casa de campo en la sierra madrileña sin que se haya movido de allí para ninguna nueva exposición pública ni privada. De modo que puede ser considerado como un cuadro casi “secreto”, e incluso inexistente en la biografía de Castejón, pero es también –así lo considero yo– otra culminación biográfica del artista con sus lecturas literarias, un encuentro plástico que corona la predilección del pintor por los escritores que aparecen en su obra y a los que rinde homenaje de acuerdo a nuestras conversaciones previas a su ejecución artística. Escenificación y paisaje interior: tres arcos de Castejón que marcan cada una de las partes del tríptico, de tres metros de largo por más de dos metros de ancho. Tierras y azules son los colores esenciales en los cuadros de Castejón, que resultan también en La última escena huellas características del pintor. El resultado de la obra no deviene en mera anécdota plástica, sino en pequeña historia casi “secreta” del artista con su confidente, y de ambos –el pintor y yo mismo– con los escritores retratados en la cena. Viene por tanto a cuento, porque puede aplicarse en bastante medida a La última escena de la literatura, recordar y reproducir aquí parte del texto que Mario Vargas Llosa escribió sobre Castejón para el catálogo de su Cien años de soledad: “Uno de los aspectos más interesantes de esta colección de cuadros de Castejón, es mostrar que también hoy la pintura puede, sin abdicar para nada de sus propios fines ni abandonar la modernidad, tener a la literatura como punto de partida.” Porque “al igual que una mujer, un sueño o un crimen, una novela puede resultar para un artista un fermento creativo, una fuente de experiencia lo bastante ricas como para hacer brotar en él la necesidad de combinar colores, trazar líneas, edificar volúmenes, fraguar objetos plásticos.”

No es de extrañar, por tanto, que la mejor pintura de Castejón recale una y otra vez en la literatura y que se haya encontrado ahora de frente, en el Cuarto Centenario de su edición, aunque el pintor lo persiguió por primera vez hace unos años, con la cumbre histórica del género literario de la novela: El Quijote de Cervantes. El pintor había buscado algunos de los escondidos secretos del loco aventurero cervantino en una serie de lectura que trabajó con la mayor de las libertades en la primera parte de la década de los 90, sin que su imaginación artística quedara nunca limitada a la reproducción mecánica de paisajes, episodios, personajes y protagonistas de la magna obra de Cervantes. A la vista está hoy, en esta gran exposición del IVAM Institut Valencià d’Art Modern, que el resultado de su lectura plástica del Quijote, exactamente igual que ocurrió con Cien años de soledad, no es en ningún momento ilustración o copia del libro de Cervantes, sino que el pintor ha buscado con su imaginación plástica, su experiencia vital, su coherencia de lector cercano, su conciencia ideológica, y todos sus medios técnicos y sus conocimientos artísticos, la excelencia utópica de la equivalencia, como nos recuerda el texto de Vargas Llosa sobre su Cien años de soledad, fechado en Barcelona hace ya treinta y cuatro años. Porque el objetivo esencial de su lectura estuvo siempre en inventar su Quijote, esta tarea asombrosa de Castejón puede ser considerada una de las culminaciones artísticas de toda su obra.

Por eso también estoy completamente seguro de que la experiencia de pintar el Quijote, el Hombre eterno de la Mancha, ha sido para Castejón un reto de primera magnitud que le ha llevado tiempo y trabajo excepcionales. Y una reflexión profunda de un pintor universal que se encuentra dentro de su profunda convicción y complicidad artísticas con la mejor literatura universal.