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Castejón reivindica el dibujo como género en su retrospectiva en Alicante. 11 de febrero de 1999.


JOSÉ JUAN MARTÍNEZ GALIANA

11 de Febrero de 1999

El artista ilicitano Joan Castejón cree firmemente en el dibujo. Independientemente de su condición de andamiaje de todo cuadro, "incluso de una mancha abstracta", es un género que puede acabar en sí mismo, y así lo defendió ayer Castejón en Alicante. Desde ayer pueden verse en la sala de exposiciones de la Fundación Bancaixa 60 dibujos seleccionados entre los 4.000 que el autor ha realizado. La muestra abarca el periodo comprendido entre 1964 y 1998. Castejón es pintor y escultor pero, sobre todo, es un gran dibujante.

Al lápiz y al carboncillo debe algunos de sus momentos más sublimes y por eso la exposición, centrada exclusivamente en esta faceta, tiene ecos de reivindicación de una vía de expresión artística muchas veces injustamente ninguneada. "El dibujo es el campo que más he cultivado y que más me atrae porque tiene la impronta de lo recién inventado", dijo el autor, que reseñó esta técnica "como una cima definitiva que puede defenderse por sí misma". La exposición pretende ser representativa de las diferentes etapas creativas que Castejón ha atravesado. Así, parte de los primeros retratos que dibujó como alumno libre en la Academia de Bellas Artes de San Carlos para desembocar en sus últimas creaciones, en las que refleja su interés por la cinegética. Entre ambos momentos quedan documentos de amargura, como la serie de dibujos tenebrosos de pesadilla goyesca surgidos de su sufrimiento en varias cárceles españolas, donde fue recluido durante tres años por oponerse a la dictadura; pero también la llegada del color y el goce de vivir que coincidió con el cambio político de primeros de los ochenta y la posibilidad de viajar tras la obtención de su pasaporte. En todos ellos, un hilo conductor: su revisión de las tortuosas formas barrocas y la representación extrema de la angustia, que alcanza la cumbre del dramatismo en obras tan impactantes como Boca, de 1972, dibujada poco después de su última estancia en las cárceles franquistas. El lápiz de Castejón traza, de este modo, las líneas maestras de su propia vida.