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Condenado a tres años de dibujos forzados. 15 de febrero de 1999.


ENRIQUE CERDÁN TATO

15 de Febrero de 1999.

En el principio, quiso expresar el universo en las vísceras del hombre desveladas por la violencia, bajo el rótulo de una calle cualquiera y del minutero de un Omega: la historia daba la hora en punto, y la multitud desamparada se resolvía en un poderoso estallido de líneas y fragmentos, de volúmenes, bestiarios y máscaras. Y un día, a Joan Castejón se lo llevaron los guardias. Por entonces, era un joven ilicitano que estudiaba, por libre, en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos; que había celebrado la ceremonia de su primera exposición individual, en la Galería Mateu, de Valencia; que predicaba el manifiesto del Grup d"Elx, con Sixto, Agulló y Coll; y que lustraba, con esmero, su militancia antifranquista y su compromiso cívico. Y un día, se lo llevaron los guardias.

Era el primero de mayo de 1967 y el aire olía a grasa industrial, a arboleda enardecida, a guirnalda de metalúrgico y jazmín, a libertades envueltas en octavillas, cuando se disparó el automático de los antidisturbios y se produjo la desbandada, por la Paz del callejero valenciano, y, en la embestida, rodó un artista, ¿era Arcadio Blasco, no? y Joan Castejón acudió con tal brío en ayuda del colega, que tumbó un obstáculo de alta graduación. Y aquel día fue cuando lo detuvieron. Luego, pasó por el TOP y por un consejo de guerra, y se llevó tres años de cárcel por cada una de aquellas barbaridades. Prisiones de Valencia y Teruel, y un respiro atlántico, en Las Palmas, justo para casarse con Paca, para concebir a Arminda, antes de volver a las celdas. Siete meses después, lo puso en la calle el indulto de Matesa, ¿qué? En el tiempo que cumplió de condena, salió con dos mil dibujos de esplendor y en vísperas del nacimiento de su hija. Y se pintó con óleos, uno por cada año de soledad de los que había contado Gabriel García Márquez.

Y los expuso en Las Palmas, en Barcelona, en Valencia. Pero no eran bellas láminas de libro. Carlos Barral escribió que Castejón "a la seua sèrie d"homenatge al novel.lista, ha creat un altre món fantàstic que no té massa a vore amb aquell"; y Mario Vargas Llosa, también en 1973, manifestó que la obra de Castejón no era una ilustración, sino un equivalente de Cien años de soledad, que revelaba a un joven artista capaz de materializar con rigurosa técnica una compleja realidad. Y Armas Marcelo. Y Caballero Bonald. Y los críticos de arte Aguilera Cerni, Blasco Carrascosa y Román de la Calle, entre otros, que advierten un proceso que se "explica únicamente desde sus propias coordenadas biográficas", desde sus experiencias y su reflexión.

En "Plástica valenciana contemporánea", Román de la Calle dice: "La paulatina evolución de su pintura en estos últimos años, cada vez más cuidada en su virtuosa capacidad dibujística, no deja de ofrecernos sorprendentes resultados plásticos, conseguidos mediante esa misma espontaneidad con que insinúa tanto las formas inacabadas como los espacios abiertos -ahora- y casi ilimitados, o con esa minuciosidad del tratamiento cromático, siempre parco y muy controlado, que caracteriza sus estudios y composiciones". Su amigo José Díaz Azorín observa la maestría de Joan Castejón para el grabado calcográfico a la manera negra. Su obra, óleos, dibujos, esculturas, grabados, están en Elche y Nueva York, en Dénia y Bruselas, en Valencia y París, en Madrid y Múnich, en Barcelona y Puerto Rico, en Bilbao, Alicante, Las Palmas y quién sabe ya.

Joan Ramon García Castejón nació en Elche, el 17 de diciembre de 1945. En el 74, poco después de su regreso de Canarias, se estableció, con su familia, en Dénia, donde vive, trabaja y da testimonio de generosidad, solidaridad y amistad. Vicent Andrés Estellés lo recordó así, en sus versos: "Tu, Castejón, de la lliçó més clara/ fill de Rembrandt.../Una lliçó de claredat serena/puja als balcons i ens enrama la vida./Oh tu, pintor, de cintures florides". Por ese y otros testimonios, el Ayuntamiento de Dénia lo ha nombrado hijo adoptivo. Y es posible que, muy lejos de aquí y de cualquier lugar, el coronel Aureliano Buendía levantara, en Macondo, una hermosa calle de tierra y orquídeas y criaturas vegetales y otras sustancias fragantes y le pusiera el primer nombre que se le vino al corazón: Joan Castejón.