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Isabel Bilbao

A PROPÓSITO DE CASTEJÓN

Isabel Bilbao, mayo 2005.

Es siempre un misterio a desvelar la emoción o el sentimiento que un artista quiere expresar con su obra. Es además inocente pensar que nosotros podemos descifrarlo a base de análisis, búsquedas de referencias y comentarios formales, ya que éstos sólo nos muestran el aspecto plástico, básico en lo artístico por añadidura, pero falto de profundidad por lo que respecta al concepto de Arte, tantas veces definido por filósofos, poetas y amantes de esta tan humana creación.

Al mirar, escuchar, o leer una creación artística, ha de producirse una comunicación con ella, gracias al tandem plasticidad-emoción, sin el cual no estaríamos hablando de una obra de Arte. Este sentimiento aparece en el espectador-oyente-lector de variadísimas formas, singulares para cada uno de ellos, de mayor o menor intensidad, color, animosidad, aceptación o, por qué no, rechazo. Y es que una obra de arte, al exponerse al público, cobra vida propia, e independizándose de su hacedor, se muestra a cada cual de una manera única y biunívoca.

Somos capaces de reconocer la mano del artista en su obra, pero no podemos cubrirnos con su piel para sentir su gozo al encontrar un espacio nuevo en la emoción, ni sufrir su angustia al descubrir vacíos, lados ciegos y oscuros que penetran en su cama a la hora de dormir con la mente puesta en un agitado sentimiento. Ese halo de intriga que todo creador conlleva a modo de aura mágica se mantiene, por más que queramos desmitificarlo compartiendo su amistad o nuestra mesa, visitando su lugar de creación e incluso siendo testigos de su acto creador. Tampoco puede el artista, al explicar su estado creativo, expresarse como lo hace con su herramienta plástica, ya sean el pincel o el cincel, la notación musical o la pluma.

Disfrutar de una obra de Arte es una experiencia individual pese a que se pueda experimentar en un entorno colectivo. Si nos da miedo esa soledad sensitiva, si ponemos trabas al placer que supone viajar por las rutas del más hondo sentido humano anidado en nosotros e impedimos que voltee sus resquicios para mostrar la maravillosa verdad de nuestra condición, no obtendremos una experiencia artística completa.

A propósito de Castejón, con una obra tan contemporánea en su celo por la investigación sobre la representación de la complejidad humana; y tan extemporánea por la autenticidad y la disciplina con la que es ejecutada, con máximo rigor en la organización de los conceptos; tenemos aquí un precioso ejemplo de un cúmulo de sensaciones que deben su éxito comunicativo a las dos basas que sustentan el hecho artístico: el modus operandi y la búsqueda de la experiencia espiritual, más conocida como emoción.

"Para ser grande, hay que empezar por fijarse en los grandes", decía un buen profesor que tuvo la decencia de explicarnos lo que era un "grande" y por qué lo era. El trabajo y la dedicación llevan a buen término, pero la genialidad, que sólo nace en algunos, aún crece en menos, ya que no todos son capaces de hacerse humildes y aprender de los que pueden enseñarles algo.

En estos tiempos que corren, en que las interrelaciones en todo tipo son tan fluídas, y la belleza nacida a partir del mestizaje de culturas nos sorprende, se mancilla sin embargo con facilidad esta recuperación de lenguajes lejanos u olvidados, ya que son frecuentemente usados para metamorfosear el exterior de ideas y conceptos, dotándolos de un olor a novedad, cuando en el fondo siguen siendo los mismos. La fusión se convierte a menudo en confusión y en su ceguera, se denosta al que es fiel a su cultura y condena al que muestra sus raíces, acusándolo de inmovilismo o de cosas peores. Nada tiene que ver el mal uso de esas riquezas con la creación, aunque así lo quieran defender algunos. Nada tiene que ver el utilizar estos otros recursos aprehendidos, robados diría yo, si no se ha comprendido su función última en su contexto original.

La búsqueda del "todo diferente", de lo novedoso porque sí, y la huída de cualquier referencia a lo conocido es una postura que puede llegar a ser peligrosa y con la que se pudiera perder la esencia de lo que significa crear Arte. Por otra parte nunca hubo tanto afán por conseguir seguidores y acólitos que perpetúen y justifiquen la importancia de esas falsas creaciones innovadoras. Es curioso. Pero no se trata de partir de la nada para producir algo nuevo, sino partir de una experiencia artística completa (no olvidemos el tándem), vivida en el interior de uno mismo, y normalmente experimentada a partir de la contemplación de la obra de otro creador. Una vez que el sujeto recibe esta sensación, es capaz ya sea de producir otra a través de cualquier procedimiento plástico-estético con el que se sienta a gusto - novedoso, mestizo, o no-, ya sea de revivir e incrementar su experiencia como espectador de una obra o un hecho artístico. A base de negar esta realidad a los que se incorporan al mundo del Arte por primera vez, podemos apagar el fuego que los hace arder por dentro cuando disfrutan de una obra maestra.

Castejón se declara gran admirador de Picasso, y con un guiño al maestro le roba por detrás su Minotauro para convertirlo de sátiro en tierno, de animal/hombre en héroe del amor, sin hacerle perder su fuerza expresiva, poderosa, con la que fué inicialmente concebido, y que es esencia de su existir artístico. Castejón viaja a las leyendas homéricas y rescata a los Argonautas, excusa expresiva para edificar una escena en que, con recursos teatrales, la danza de sus habitantes nos conmueve en la butaca con una coreografía de líneas en movimiento. Rocas, huesos, caballos, fuego, reúnen en su derredor a estos personajes empeñados en seguir juntos a pesar de las dificultosas propuestas de hábitat en que Castejón los concibe. Los Desplazados, una de sus últimas series, son individuos despojados de todo, país, hogar, bienes, seres queridos, y sobre todo de su identidad; avanzan sin mirar atrás, pero sin poder ver hacia delante pues no tienen rostro, ni vista, ni nada. Representan a seres perdidos de sí mismos, aunque viejos, niños y adultos no se separen, en un grito por recobrar el habla y proyectar algo juntos en otro lugar. La desolación que nos llega en un primer instante, se llena de belleza ante la serenidad y la templanza con que están representados. Contemplar esta serie junto con las Humáquinas, ha sido una de mis más ricas experiencias con su obra, porque rezuman poesía visual, melancólica pero bella.

Con recursos plásticos tomados de pinturas para la arquitectura, Castejón realizó también dos preciosas series, la de los Capvespres y la de las Finestres. Iluminado por el rojo sol de amanecer en el Cabo de San Antonio, espectacular e impresionante donde los haya, un amanecer tras otro se emborrachó de esta luminosidad mágica que ha sabido transmitir con tanta delicadeza y sutilidad, y a la que ha conferido, con ese don suyo de conjugar exquisitamente los contrarios, una fuerza que se expande más allá del gran formato del lienzo, compitiendo con la propia Naturaleza. Y haciendo flotar esas largas esquirlas de hueso, tan suyas, en una idea que luego de pasar a través de las Finestras se transformaría en la Chatarra Espacial. Estos elementos flotantes, en el vacío luminoso del cielo, confieren a la obra un movimiento como a cámara lenta, extremadamente elegante y sensual.

En cuanto a las series que Castejón ha concebido como Homenajes, siempre tan atento a la literatura, a la filosofía, y a otras disciplinas artísticas, cabe destacar el carisma dotado a la figura de Blasco Ibáñez y la humanidad asilvestrada de Walt Whitman, donde sombreros y barbas se recortaban sobre el fondo, y donde las trampas al ojo, frecuentes en su obra, retaban a un juego intelectual menos emotivo, pero más divertido y desenfadado. Está trabajando, mientras escribo estas líneas, en Cervantes y Don Quixote, no sé si ya tiene título la serie, pero de seguro que lo que sí tiene es un retrato hondo, o jondo, de la índole de estos dos personajes, creador y creado, tan largamente citados en todas las épocas desde hace 400 años, y a los que debemos tantas horas de aventura, sueños y desvelos.

No sé si hojeando este libro ustedes darán con las obras de Arte que he citado. Quizá den con algunas más antiguas y sobrecogedoras, no sólo por lo dramáticas sino por su poder expresivo; o con otras distintas. En cualquier caso, deseo que a pesar de observar la obra de Joan Castejón a través de las imágenes en él representadas, perciban la experiencia de la creación artística tanto como yo lo hago con cada una de ellas, y si vienen a parar a este humilde y criticable texto espero que, independientemente de lo que yo haya querido expresar con mayor o menor éxito, ustedes perciban una sensación que les augure un excitante viaje a través de las siguientes páginas.