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Joan Castejón, el pintor presocrático I. Diciembre de 2013.


ARTUR BALDER

Diciembre de 2013.

Se reedita en REA la introducción crítica desarrollada por Artur Balder en el catálogo de la última exposición del universal Joan Castejón, pintor, filósofo y poeta del dibujo, del óleo y de la cera, que todavía se puede ver en la Sala Levante del Auditorio del Mediterráneo, en el municipio alicantino de La Nucía.

Decir antes del raciocinio y de la moral es una manera gráfica de expresarme. No es el presocrático un mundo fabuloso, pero sí fantástico; en el sentido de que en su especulación entra una gran dosis de fantasía, sólo que, y esto es lo que hace de estos filósofos naturalistas unos entes tan originales, puesta al servicio de la verdad, científicamente hablando.

Juan Gil-Albert.

Extracto de la introducción para A los presocráticos seguido de Migajas del pan nuestro en las Obras Completas, publicadas por la Institución Alfonso el Magnánimo, 1981.

El estudio

El estudio emerge después de atravesar un entrañable laberinto en el que habitan un hombre, una mujer, una descendencia, una familia. Pero después, el arte se hace dueño del espacio, y la luz se transforma, gracias en parte al poso de todos los objetos coleccionados que se suceden en filas, en estantes, en rincones, en depósitos. Depósitos de recuerdos, memorias figuradas, en realidad, configuraciones abstractas cuyo significado escapa al escrutinio de una primera visión. Cráneos disecados, yacimientos de la fuerza humana, osamentas cuidadosamente seleccionadas. Un osario latente, en el que la naturaleza muerta parece cobrar forma en los moldes de cera laborados con calor de yemas ardientes, se adentra en una fresca soledad mortuoria, un espacio que tiene algo de inmortal. Parece que la naturaleza de este sitio, poblado de recuerdos a modo de panfletos, pancartas, carteles, anotaciones que se suceden decorando las altas paredes, es la propia de un santuario dedicado a un ser que nació siglos atrás, cuyo espíritu, sin embargo, quizá encarnado por tercera, duodécima o centenaria vez, sigue apareciéndose a horas diversas, diurnas o nocturnas, para seguir ordenando, modelando y dibujando sus ideas. Sin contrastar con la vitalidad del artista, no habrá una diferencia demasiado grande entre este lugar remoto en las faldas de una montaña sagrada, el Montgó, ahora que el artista está vivo o cuando el artista se haya extinguido físicamente, cuando haya fallecido, cuando oficialmente el espacio de trabajo se convierta en lo que hoy se llama una casa-museo, cuando lo más exacto sería decir un templo que consagrado al recuerdo de un numen. Su permanente contacto con las raíces de la vida, raíces que se manifiestan permanentemente en su noción de la anatomía, su amor a la estructura primigenia de la existencia, o al menos con su aparato más duradero, los yacimientos óseos que vertebran y posibilitan el movimiento, nos remite a ese universo de la muerte, a ese reino melancólico y distante en el que la temporalidad se detiene paulatinamente.

Esa temporalidad se expande en nuestra noción de la vida al contemplar un hueso, pero con mayor exactitud, como un reloj apuñalado, se detiene al observar el cráneo de una naturaleza muerta. Banal es aquí la cita de Hamlet, o la de Valle-Inclán, que se definía como un poco hamleto en Luces de Bohemia. El carácter interrogante de esta naturaleza muerta es aún mayor cuando en las manos de Castejón la modulación del cráneo, en algunos de sus óleos, esculturas y dibujos, se expande para formular una pregunta consciente, deliberada, cuando las mandíbulas muertas se articulan y mutan. Castejón es un figurativo aparente, una aparente figuración para el ojo que se queda en lo superficial; en realidad, Castejón es un pensador en el que está depositado el don de la palabra, solo que su palabra, en lugar de articularse con el código proporcionado por el lenguaje, se articula con el lenguaje proporcionado por las formas de la naturaleza, entendidas en su esencia geométrica más pura: las proporciones de la belleza.

Arte poética

Lo poético es especialmente intenso en la obra de este artista alicantino de tamaño universal. Si se ha hablado, y se habla más últimamente, de la utilidad económica del arte tras la mercantilización capitalista de su valor, todavía es más manifiesta la distancia abismal entre la calidad de un arte que procede de un numen o inspiración veraz, cuando un arte es verdaderamente poético y trascendente, y cuando un arte es sencillamente una elucubración racional combinatoria, un artificio apuntalado en el dominio (o malversión) de una cierta técnica, cuyo poso final rara vez sobrepasa el carácter del truco estético. En medio de la maraña de prestidigitadores de lo literario, de lo poético y de lo pictórico, artístico, o, más a la moda, que será tan de actualidad como pasajera por su carencia de sentido, plástico -y lo periodísitico en este caso ni cuenta, dado el servilismo de los escritores, redactores y “opiniones compradas” de los diarios de hoy y de ayer por ser estos medios tentáculos de estructuras de poder de raigambre claramente política y ya perjudiciales para la salud pública-, en medio de esa cultura remanente como una nebulosa que al fin se deshace sin sentido como los restos de una estrella que estalló en el siglo XX para dar todo lo bueno y todo lo malo que debía entregar a una realidad hambrienta de novedad y de noticia, la obra de Castejón es la de un genio poético aislado, deliberadamente apartado por ser esto condición indispensable para la prosperidad de esta comunicación espiritual que es capaz de transmitir en todas y cada una de sus obras.

La poética de Castejón es grandiosa, es humanista, como la de un Juan Gil-Albert, y del mismo modo está unida, caminando junto a ella como un doble, con la naturaleza de su tierra natal, a modo de matria benevolente de cuyo seno extrae él el alimento íntimo de su obra, lo que la dota de significación. Si en el impresionismo lo poético aparece y se manifiesta con el terciopelo de una ligera siesta, en esta obra proporcionada lo hace con la dureza de un arma griega: los trazos de Castejón proceden de una mano maestra, superdotada, y en la blandura de una digitalidad que se une carnalmente con el material en el que deposita la huella del trazo, sin distancias ni medios, en una virginidad absoluta del arte, como lo fuera en aquellas cuevas del neolítico en las que hombres y mujeres descubrían las leyes necesarias de la representación plástica, en esa suavidad latente del contacto directo, o más bien a pesar de esa suavidad que aplica las formas directamente, no surge una impresión general, ni una atmósfera caliginosa, incierta, desgarbada; al contrario, emerge con rigurosidad de espada la perfección de una proporción. La constitución de estos trazos se sucede para causar una impresión directa, para imprimir ideas severamente proporcionadas, movimientos exactos que parecen gozar del privilegio de moverse al ser observados. Y más allá de esta impresión superficial en nuestros ojos, lo poético se nutre de la perfección formal y proporcional para escalar, por encima de ella, a la exposición de una “idea” en el sentido más clásico imaginable, más allá de la invención de la moral, en el sentido de la pura estética presocrática.