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Joan Castejón, el pintor presocrático II. Diciembre de 2013.


ARTUR BALDER

Diciembre de 2013.

Se reedita en REA la introducción crítica desarrollada por Artur Balder en el catálogo de la última exposición del universal Joan Castejón, pintor, filósofo y poeta del dibujo, del óleo y de la cera, que todavía se puede ver en la Sala Levante del Auditorio del Mediterráneo, en el municipio alicantino de La Nucía.

El artista presocrático

En una parte de la historia donde la escultura ha pasado por todos los estados de la evolución especulativa hasta desembocar en la ataraxia anodina del presente, el humanismo presocrático de Castejón es una realidad pensada figurativamente con claves de representación abstracta, una proyección de las proporciones de lo atlético en conjunción con la transmisión de un heroísmo clásico. Ese homenaje al superhombre de Nietzsche está presente en la totalidad de la obra de Castejón como una condición indispensable que sobrepasa la postulación que hiciera el filósofo de Basilea para manifestar la muerte de un Dios único y devolver al ser humano, al menos, el derecho a la multiplicidad demiúrgica. Sin reparar en esta coincidencia, la obra de Castejón, proporcionada y clásica, no se queda en el frío neoclasicismo de los períodos reconocidos de la historia sino que, como en la postulación de Winckelmann respaldada por Goethe, no se trata de una recuperación mensurada del pasado clásico, una celebración gélida entre escupiteras de nobleza bárbara, como lo fuera en realidad la corte sagrada de Weimar con toda su voluntad de renovación y apadrinamiento de las artes, es la reencarnación, la manifestación perfecta, en relación a un ideal absoluto, de una proporción que es como el Parnaso al que apunta constantemente toda la filosofía estética de la Antigüedad. La expresión como articulación del ente ideal, con validez universal que traspasa el tiempo, así sean decenios como milenios. Si los artistas y poetas griegos se sumen en el contacto con la divinidad como fuente de todo arte meditado con la ayuda de la razón, los neoclásicos posteriores se sirven de la razón como deidad a la que supeditarse para emular la potencia de la Antigüedad, por eso la trascendencia de los imitadores generalmente queda en entredicho, y casi todos los brotes de neoclasicismo vienen a ser indulgentes manifestaciones de vanidad compositiva que quedan huecas frente a la irrupción del romanticismo primitivo.

Este nudo gordiano queda resuelto gracias a práctica observación de este fenómeno: cuando lo espiritual, y su gran fuerza poética abstracta, su manifestación “más allá de la razón”, entra en juego con ésta para servirse de ella y dejarnos materializaciones que al mismo tiempo aúnan la perfección formal y la potencia del contenido, entonces ya no estamos ante un neoclasicismo en el sentido anteriormente descrito, frío, mensurado, falto de impulso, sino ante un presocratismo, ante una vivencia real donde todo es existencia, pues, ante un artista griego, de la Antigüedad, que no un admirador o imitador de lo griego. Si Gil-Albert se definía como un griego en su exaltación del “alicantinismo virginal”, en el que la patria espiritual se nutría de la participación de un paisaje, y llamaba a Alicante “el solar griego”, entonces Joan Castejón viene a ser la mano que modela desde los ideales nutriéndose de esa fuerza poética, es más, la mano a través de la cual se manifiesta esa potencia antigua que lega, a día de hoy, como un privilegio ex tempore, obras de arte totales. Una condición indispensable de la obra de arte total, con una base de representación bien visual, literaria o musical, es su condición intemporal, es decir, su capacidad para soportar el paso del tiempo creciéndose a sí misma, en lugar de sumirse en el espasmo de la moda, y perecer con ella a los pocos años, y solo poder ser apreciada en su contexto, como en una estrechez de la Historia.

Pero a Castejón, próximo a la heroicidad absoluta en su representación del humanismo, se le puede atribuir, en su calidad de artista, la autoría de esos ideales, como describió Juan Gil-Albert, “a cuya luz se vislumbran las profundidades de unos hombres gigantes, que me obligaban a retener el aliento y a meditar.”