facebook twitter instagram

Joan Castejón, semblanza teórica

Arminda García Galván

“En Castejón las Bellas Artes, todas, van de la mano a todos lados.”

Castejón realiza una actividad artística verdaderamente polifacética e indaga en cada disciplina con total profundidad. De esta manera, lejos de dispersarse, Castejón inaugura cada nueva etapa, como pintor, como grabador, como dibujante, como escultor, con entusiasmo, cerrando y abriendo ciclos permeables pero libres. Así también las diferentes temáticas que aborda con cada disciplina le auguran nuevas posibilidades. Joan Castejón vive los periodos de fermento como verdaderos ciclones que ha sabido atemperar a través de las edades pero que le revolucionan por dentro y por fuera trayendo en general cierto alivio y mucha alegría cuando se materializan por fin.

Enlazamos en este fluir de la plástica de Joan Castejón otras disciplinas atendiendo de nuevo a “Sobre la crítica”: si no supiéramos cómo se titula la escultura, el marco vacío al que se dirigen todas las actitudes y atenciones de los que lo rodean, pudiera tratarse de una puerta, ambigüedad esta que no desmerece en nada la propuesta sino que la enriquece porque nos orienta hacia la dimensión a dónde nos acerca un cuadro, una obra plástica, una puerta adónde asomarse uno, y en eso, realizarse el arte que solo se sostiene por la experiencia estética consumada en ese asomo.

Cada cual de los que forman la escultura pudiera estar refiriéndose al espacio que deja abierto la puerta. Los críticos son exploradores de nuevas dimensiones como la que les abre con toda solemnidad el pintor que les permite acceder a su mundo. Mundo que necesita a su vez ser observado para poder realizarse y que precisa de algo común, resonante en quien lo observa, para ser aceptado como mundo.

Vamos a introducirnos ahora, si les parece, en los mundos, que son sus cuadros, de Joan Castejón, proyectando en este marco algunas obras a modo de retrospectiva virtual. Nos volvemos a remitir al “retrato de la acción” y nos suponemos los críticos investigando tales obras.

A mediados de los sesenta Valencia se mueve entre estudiantes y grises a un ritmo casi imposible. La ideología libertaria convive con una represión insostenible y con los años mozos. En la facultad de letras se encierran decenas de chaval@s cantando con Raimon verdades imprudentes que ya no se aguantan dentro. Cientos corren delante de la policía cantando ¡No nos moverán! Y como indumentaria qué mejor que un saco de azúcar “importado de Cuba”.

En el 66 Castejón expone individualmente en la sala Mateu de Valencia. En el marco de 2 m. y medio por 2 m. y medio se proyecta, aparece “A Flora” 1966

Castejón da expresión a su entusiasmo: “A Flora” es una explosión de color. Una emoción verde, viva y consistente. Una belleza expresada con contundencia y a la vez ligera. Flora también es mito, Castejón inicia con este cuadro su diálogo directo con los arquetipos que habrá de esperar luego otros periodos para volver a retomar. En Flora está la madre a la vez que la esposa joven. La que da y la que comparte descubrimientos. La que inicia y con la que se inicia uno. Flora está coronada por flores y exaltada por un vuelo de palomas de la paz. Se levanta celebrando su paraíso femenino con los brazos abiertos, entregada. Y entre los brochazos verdes aparecen enigmáticas las figuras yacentes de sus amigas rodeadas de una luz irreal, como de visión.

El impulso de tan tempranas edades unido a su bagaje plástico y junto a sus requisitos creativos, permite a Castejón situarse en la cresta de la movida valenciana de entonces. Desde su primera juventud este artista imprime a sus obras un personal sello que sobrevive como si no pudiera ser de otra manera, como las huellas dactilares.

El 1 de Mayo del 67 es detenido en una manifestación contra la dictadura y condenado a prisión. Castejón desaparece durante cerca de tres años del panorama artístico.

El entusiasmado cromatismo de las pinturas jóvenes hace dramático contraste con los dibujos carcelarios, jóvenes también, Castejón ingresa en prisión con veintiún años. Y de hecho, aunque hay color en series posteriores como en “Cien años de soledad”, tendremos que esperar a los ochenta para volvernos a encontrar con colores puros, ahora azules, como este verde intenso de “A Flora”.

Dice Castejón que sus más de 2.000 dibujos carcelarios eran su terapia. Ahora comparte celda y patios con otros presos políticos y es verdaderamente cuando tiene la ocasión de politizarse y adquirir el conocimiento teórico de la ideología de izquierdas que había heredado de su familia, republicana desde generaciones.

A propósito de nuestro cuadro anterior, cito una frase de Pablo Neruda: “Podrán cortar todas las flores pero no podrán detener la primavera”: Amigos le suministran material para dibujar y Castejón retrata “la cruda realidad” en un proceso de acelerada maduración. Con la misma decisión que antes ahora estampa sobre el papel toda la angustia y la impotencia de una humanidad dividida en dolientes victimas y verdugos horrendos. El expresionismo ahora es una rúbrica inmediata del malestar, incidido en el papel con la dureza de un golpe. La ternura e inocencia de la primera época de Valencia debió perderse por las comisarías y ya no vuelve.

Castejón perfecciona su técnica personal y dibuja con el pulgar encerado sobre el papel. Es un proceso rápido y directo en el que toma casi mecánicamente con el pulgar la cera, que aguanta con la misma mano, que necesita para realizar el trazo. Los matices se consiguen dando la inclinación que necesita para perfilar más o menos, para difuminar más o menos. Y en esta operación aparecen como por arte de magia volúmenes y expresiones vivas. Esta técnica “inventada” es un diálogo directo con los materiales que le permite a su autor dibujar con sus propias manos en un proceso similar al modelado.

Ahora sus dibujos son una galería de horrores humanos colectivos e individuales en que el hombre sufre el daño infligido desde afuera. Castejón denuncia “la causa” de este sufrimiento retratando sus “consecuencias”.

Castejón se cuestiona, visto lo que le llevó a la cárcel y visto lo que se vive dentro, su fe en la humanidad. Su optimismo natural está profundamente herido y empieza a interesarle el tema de la apariencia y la posibilidad de desenmascararla. Personajes desnudos o inútilmente disfrazados. Los cuerpos sin piel, las musculaturas retorcidas y los huesos son una llamada a lo esencial y a la necesaria ausencia del decoro para captar dicha esencia.

La de ahora es una pintura, un dibujo denuncia, desde las buenas maneras de la hipocresía eclesiástica hasta el destapado horror de las clases oprimidas. Abigarradas materias de combinaciones imposibles de hueso y músculos.

En nuestro marco se proyecta ahora “El hombre roto” 1.971 con la propia cabeza partida en dos.

Me figuro en este momento un salto de conciencia en Joan Castejón que viene a darse cuenta que la división, que hasta ahora veía entre personas de distinto “linaje moral” ligando el que sufre al bueno, se encuentra verdaderamente en el fuero interno de cada persona. Y nos aparece aquí en este hombre con la cabeza partida por la mitad.

Un manojo de tejidos gastados o sometidos a una fea mutación. Una mórbida materia se mantiene con tendones rígidos a una cabeza enorme, despojada de cualquier disimulo y abierta en dos como una disección literaria. El blanco que es la sección, aparece en la base del cráneo si es que nace allí o llega hasta la misma zona si es que esa blancura se incide desde fuera. Pero de cualquier modo ese delimitado espacio en blanco o vacío es una constante en los dibujos y pinturas de Joan Castejón, cargado de significado perteneciente al misterio y a lo desconocido y constituye un respiro abstracto en mitad, en este caso literalmente en la mitad, de rotundas figuraciones.

Después de asumir la naturaleza humana, lo que aparece en su obra nos habla a veces de una nueva inquietud, más profunda: ¿Cómo pierde la inocencia el hombre? Si es a través de su historia, como podemos ver en las series de evoluciones zoomórficas. O es que está el hombre corrompido en su origen, nacido de fecundaciones y mutaciones que tienen que ver con lo menos noble del reino animal: insectos morbosos y procesos larvales.

Joan Castejón se ha tomado la libertad de no ser fiel a ningún estilo, se ha permitido toda investigación y ha caminado por campos fértiles sin acomodarse y por terrenos yermos sin rendirse. Ha hecho pruebas y hasta bromas en su carrera artística de manera que la única referencia para descubrir los secretos de su obra es su propia obra. A pesar de formar parte del Grup d’Elx, Castejón y sus demás componentes, Sixto, Coll y Agulló, mantuvieron su independencia artística y su alianza estaba basada en principios socio-políticos más que en supuestos artísticos y aunque compartían ideales acerca de la función del arte, cada componente del grupo tenía y seguía sus propias inquietudes.

Castejón representa escenas que reflejan el dolor y el asombro. Hace concretas las abstracciones y en nombre de la humanidad retrata seres que cuentan por todos. Un repaso retrospectivo de su obra nos permite acceder a los diversos momentos de su historia, que se refieren tanto a lo de dentro, a lo intimo de lo humano, como a lo de fuera o al aspecto social de esa misma humanidad.

En cuanto al lenguaje alegórico en su obra, Castejón en general dispone del cuerpo masculino para tratar del hombre genérico, de la humanidad y es esta humanidad la que aparece con mayor frecuencia en sus obras, sin embargo la figura femenina, aunque aparezca en grupos mixtos también en calidad de humanidad, suele expresar esencialidades de otros campos más específicos como la madre, la tierra, la diosa relacionada con ellas y hasta la musa. (Comentarios acerca de “A flora”). La pena y la muerte también son femeninas.

Otro recurso recurrente en Castejón son las ausencias de rostros. Hablamos en términos de nuestro análisis de su obra, fragmentando para favorecer la inteligibilidad del todo que es cada objeto artístico, pues para los autores no son recursos ni recurrencias lo que acontece en su obra sino la resolución del impulso creativo según las técnicas y sensibilidades propias de cada artista de tal manera integradas que a veces, como en el caso de nuestro autor, no entran en conflicto. Dichas ausencias de rostros nos hablan así de esa humanidad indiferenciada que no se coloca afuera sino que permanece dentro, ni juzgada ni condenada sino retratada y que podría parecerse a cada uno de nosotros.

Castejón deja constancia de su tiempo, de las circunstancias que afectan al hombre social. Y aunque su visión es parcial, como corresponde a cada individuo, se hace cargo, toma responsabilidad de si mismo y nunca ha habitado paraísos inventados. En este sentido la obra de este autor es un fiel retrato de su época. Un buen exponente de cómo son, o mejor, de cómo se viven las cosas en este momento. Así y todo se trata de un retrato puramente subjetivo. No pretende ser eco de lo que acontece afuera, sino de cómo ese afuera incide adentro. Lo que retrata este autor viene a ser como ilustraciones de los estados del alma. Y en los setenta Castejón no se priva de reflejar ninguno de los horrores que azotan su alma. ”…Castejón dibuja como un clásico y medita como un profeta. No es un juicio apresurado. Esos dibujos llevados a su más exigente decoro expresivo, vienen del preciosismo renacentista y llegan a los más enigmáticos trasuntos del futuro. Reproducen el mundo de la razón pero a la vez vaticinan el sueño de la razón. Testifican la realidad y profetizan lo que puede llegar a ser esa realidad... No cabe duda que las etapas creadoras de Castejón vienen condicionadas por la historia en que se producen, por las razones vitales que las estimulan. El mismo Castejón afirmó una vez que el germen de su arte es "la anécdota convertida en objeto primero de la obra”. A lo que habría que añadir que esa anécdota, a través del tratamiento artístico, se ha convertido en un ingrediente secundario, diluido en la espléndida dinámica creadora.” Caballero Bonald. Lecasse.

Ya a finales de esta década realiza una serie que dedica a la paz donde respira de nuevo la filantropía. El trazo se ha vuelto más amable y confiado aunque la cera negra sigue dando a sus obras un marcado dramatismo. Parece que sea sobre antiguas heridas que ahora se siembra la paz. Las pasiones son más abstractas y eso permite desarrollarse el proceso de interiorización que vive este autor en adelante.

Así en los ochenta llegan los héroes y los guerreros. El hombre dispone de sí en lugar de permanecer sometido y aparecen las series de “Capvespres” “Músics”y “Finestres”. Los huesos y los trapos de colores, elementos clásicos en la pintura de Castejón, se artimañan en formas estéticas y significativas. El cielo, el océano, las nubes aparecen heridos aun pero se abren a azules intensos. Hay una inmensidad que contiene todo y que está por encima de todo.

Es esta una época de transición en que también se refleja el optimismo social de esta definitiva apertura a Europa y a la modernidad del Estado Español. Es una alegría menos entusiasta que en la primera época porque tiene más que ver con la recogida de la fruta al final del verano que con el estallido de la primavera casi adolescente. Así la obra de este periodo resulta mucho más meditada y trabajada. Castejón ahora sobretodo pinta y elabora mucho los cuadros. Se da como nunca en su técnica y en sus formas de hacer a la “maniera” de los clásicos aunque hasta ahora esta es la etapa más abstracta en toda la carrera de Joan Castejón.

A Salvador Espriu. 1.989: Una serie de tres “finestres” dedicadas al poeta. Arquitecturas clásicas, arcos de medio punto, de alguna manera erosionadas y abiertas al azul intenso, nocturno, que se desborda hasta el mismo marco. Huesos que son nubes de metal. Otros huesos finos, como ramas o como lanzas, se colocan delante y hacen liviano el cuadro, con el poder de lo delicado, creando espacios al proyectar sus sombras. Ofrendas y sacrificios y humeantes inciensos. Estas obras son sugerencias. A pie de las ventanas los versos de Espriu. En el último cuadro de la serie todo se ha vuelto pureza. De lo profano solo quedan las ruinas, apenas unos residuos de belleza en el azul inmenso. Y hasta los versos se han deshecho, se han quemado y se han transmutado en cielo.

De vuelta a la figuración y al dibujo Joan Castejón establece de nuevo contacto con los mitos y arquetipos y nace la serie de “Els Minotaures”.

En los noventa dedica varias series a personalidades que le han marcado con su obra. Aparecen las grandes cabezas. Contundentes retratos a la cera de quienes pertenecen ya al fondo de la humanidad en un sitio así como el inconsciente colectivo. Homenajea a nuestros hermanos mayores: “A don Benito”, “A Walt Whithman”, “A Goya”. El espectador recibe más que una galería de iconos, una especie de álbum familiar. La ternura, ¡Si ha vuelto!, con que dibuja Castejón a estos seres no restan, al contrario, fuerza expresiva a los retratos que se suma al trabajo de investigación, al juego con los diversos materiales de estas series.

A finales de los noventa Castejón la emprende con dibujos de gran formato, polípticos, con temas como “El Circo”, “Troya”, “La Crítica” en los que introduce el óleo sobre el papel o el cartón. Se inaugura una época dedicada fundamentalmente a la estética, en la que la figuración aparece ahora bellamente constituida en cuerpos de movimientos amables.

Entre los noventa y el dos mil, en las series de dibujos: “Elogi del Foc”, “Diálegs amb Llum”, “Les Batalles” de jinetes sobre esqueletos de patas de caballo, la guerra, el conflicto humano tiene una puesta en escena teatral. Otra vez bellamente constituido, casi como una coreografía y frecuentemente relatado en secuencias.

Castejón siente la responsabilidad de hablar en voz alta. No se guarda para sí opiniones, ni siquiera dudas. Las expone. Trae de su interior la inquietud y la dibuja o la pinta.

En nuestra pantalla virtual aparece el “Joc del foc” 1.999: es danza, guerra, fuego devastador y a la vez purificador. No deja un rastro de horrores, de cuerpos calcinados sino una nada con la que habérnoslas, un agujero, la grieta misteriosa de muchas obras de Castejón por la que pasar al otro lado.

Es un Apocalipsis que le sobreviene al hombre no se sabe bien si por su propia ignorancia, por su propia violencia o es más bien algo que se manifiesta a su través pero por encima de él, a pesar de él. La técnica utilizada sigue siendo la cera sobre el papel además del fuego para quemarlo.

Aquí aparece este juego didáctico del que hablamos arriba. Una historia ilustrada en viñetas. También es un ejemplo del cuerpo masculino utilizado para hablar de la humanidad y de esos sin rostros que también se refieren a lo humano sin diferenciar. Un políptico en capítulos que trata sobre la psicosis de la guerra, de los desastres naturales o del final de la energía y del cambio climático. Un espacio que ha quedado devastado o un misterio recuperado por encima de los cuerpos de los hombres y sus violencias.

A lo largo de su historia, Castejón se ha vuelto cada vez más metafísico. Profundiza con su arte, y con su vida entera en ese aspecto todo abarcante que es el misterio. Junto con el aspecto más social que político que de alguna manera es motivo de su idealismo y de su denuncia y que casa con el materialismo de los manifiestos comunistas, pulsa en Castejón una pasión más ancha, mayúscula, que a veces consigue acallarlo todo para poder escuchar la voz del espíritu. Sus inquietudes respecto a lo invisible, presentes siempre, cobran mayor protagonismo, se hacen más urgentes según su entorno social es menos doliente.

En el 2000 aparecen “Las Humáquinas”, con todos los honores pictóricos de la realeza retratada por los pintores de antes. No se sabe bien si son una denuncia al mecanicismo de la humanidad moderna o un canto a la belleza reciclada.

La responsabilidad por la humanidad social despierta en los desplazados aun con una muy mayor dosis de espiritualidad. La ausencia de rostro en este caso, recuerda más a apariciones que a personas. Son los pedazos de humanidad requeridos a conducirse desde su lugar a otro. No nómadas sino desplazados. Pero apenas arrastran materia, sin cara y con los pies como una sencilla estructura ósea, solo trapos que no pesan. Los desplazados se conducen por entre el ninguna parte que cruzan, mirando adelante en procesión familiar en una actitud serena y digna que más habla de un presente sumamente intenso, de una definitiva iniciación en la se han deshecho de todo, que de un pasado añorado como almas en pena. Nuevamente la técnica utilizada es sumamente directa y sobre el papel queda impresa la tela enrollada y estampada haciendo caso a ese desatino controlado que es el azar. Joan Castejón trabaja definitivamente con las manos y con ellas interviene en todos sus procesos de materialización. Algo primitivo dadas las actuales digitalidades, pero satisfactorio en su elaboración y de una oxigenante autenticidad en sus resultados.

Por último déjenme hablarles de la última serie de Joan Castejón: “El Quijote”. De nuevo se implica Castejón en un texto, como en “Cien años de soledad” de los setenta, hasta el punto de darle las formas propias de las bellas artes. De nuevo se hunde Castejón en espacios literarios para abrirse en ramos de flores plásticas. El Quijote supone una buena oportunidad de indagar en lo interno de la psique humana. Las batallas, aunque se ven fuera, residen en el interior de uno mismo y don Quijote se convierte, con esta profundización de su personalidad, en fiel exponente de lo humano, de las quimeras y falsificaciones propias de nuestra naturaleza ilusoria a la vez que se celebra, aun en este caos huérfano de referencias externas que es la imaginación desbordada hasta lo manifestado, su capacidad, de don Quijote (o del humano valiente) por llevarse a cabo. En una serie anterior, de a mediados de los noventa, que Castejón dedicó a don Quijote, sus venturas y desventuras, las relató desde una visión más onírica, poniendo más intensidad en el sueño que en el soñador, sumergiéndose en el tiempo que don Quijote dedicó a sus lecturas y dio cobijo a sus primeras imaginaciones. Esta última serie, sin embargo retrata a un don Quijote de alguna manera adulto. Que ya ha interiorizado, que se ha hecho uno con sus fantasías y como decía antes, consigue llevarse a cabo.

A eso vuelven las grandes cabezas: a rendir homenaje a este hidalgo de la triste figura, que no encarnó sino que se lo invento Cervantes pero que pertenece al mundo con todo el derecho de las glorias y miserias del hombre.