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La casa por la ventana. Así era entonces. 30 de mayo de 1999.


Julio A. Máñez

30 de mayo de 1999.

Conocí a Castejón por referencias antes de tener la suerte de toparme con su careto un tanto rústico y con esos brillantes ojos de leopardo que ahora distrae detrás de unas gafas diseñadas según los rigores de una óptica desdeñosa con la monserga psicoestética. No ha cambiado de manera de dibujar, y su arte debe ser cosa del alma, a juzgar por esos cambios apenas visibles que sólo se perciben si el paso del tiempo se mide en décadas. Las referencias eran estimulantes.

José Marín, que tantas cosas me ha enseñado, venía de Elche para hacer teatro y allá había montado cosas con La Carátula, un Cristóbal Colón muy viajero donde Castejón hacía el protagonista y también de Masa, de manera que recorría hasta el agotamiento un amplio trecho del escenario para multiplicar la ilusión de su presencia, inflando el tórax y extendiendo los brazos como quien intenta suplantar el número por la expansión de la figura (algo, por otra parte, tan habitual en muchas otras prácticas sociales de la época).

También se contaba que paseando un día por la calle de la Paz se vió envuelto en una mani en la que nada se le había perdido, pero que no pudo evitar salir en defensa de un muchacho al que un gris tenía sujeto por la espalda mientras otro le daba de hostias por delante. Se le formó Consejo de Guerra por agresión a fuerza armada y cumplió la pena en Canarias, donde, quién habría de decirlo, tanto mejoró su suerte. Hay que decir que mientras tanto fundamos aquí el grupo de teatro UEVO, con José Marín y Teresa Lozano y Enric Benavent, y con un amplio colchón de apoyo emocional y de pataqueta formado por el clan de los ilicitanos. Ser de Elche es una profesión más que un azar de la genética (y ahí está Sixto Marco, maestro de Castejón, para demostrarlo), de modo que durante los primeros setenta no pasó un verano sin celebrar el Misteri como se merece, esto es, acudiendo a la Basílica, poniéndonos ciegos de sandía sumergida en ron de caña y ... charlando con Castejón antes de que se instalara en Dénia.

Contaba su encuentro canario con Vargas Llosa y Carlos Barral a cuenta de su visión de Cien años de soledad, una de las primeras novelas pintadas de la historia reciente del arte, y cómo el destino supersticioso de García Márquez le impedía ver esas pinturas por temor de desasosiego. En una de las numerosas crisis de nuestro grupo, porque éramos todos así como medio novios y eso se paga, se rodó en un fábrica abandonada de calzado de Elche y en superocho una versión de Marín sobre Tirano Banderas en la que Castejón interpretó un papel relevante.

Como es natural, se rodaba cuando había pelas para comprar los rollos de película, y al final nadie supo dónde fueron a parar los 16 que se impresionaron. Poco después Castejón tuvo la feliz idea de venirse a Valencia con Paca y con Arminda, acompañada de la ocurrencia de instalarse para trabajar en el estudio de Ramón de Soto y no sé si también en su casa. Era la época en la que prosperaba esa pandilla de buscabullas acogida a las feas siglas del FRAP, gente que muchos años después se ha revelado de tanta utilidad para que Eduardo Zaplana consume sus revolucionarios propósitos, y que entonces andaba el que ya fingía de escultor montando aquella cosa del Grupo Bulto como pretexto para cagarla también en el frente artístico. Es posible que Castejón se sintiera confusamente en deuda con la ideología de izquierda en general y le pareciera oportuno mezclarse con esa gente en particular.

Pero era, y es, también buena persona. Salió espantado de aquella zafiedad política y, según creo, de un Ramón de Soto que dedicaba todo su talento a copiar lo que Castejón andaba haciendo, así que recogió los bártulos y se largó a Dénia sin despedirse de sus anfitriones, es cierto, pero también sin denunciarlos ante el alto tribunal del arte: dejó esa tarea al tiempo. Lo demás es historia de ahora mismo.

Castejón vive y recibe y trabaja en Dénia, donde dice disfrutar de unas eternas vacaciones, dibujando con esa minuciosidad de relojero alerta ante la tensión de cualquier músculo que le hubiera pasado inadvertida, haciendo una obra que no cambia de registro si se atiende a lo que podríamos llamar el tema, pero llena de íntimos sobresaltos si se explora la imperceptible evolución de un estilo que ha localizado en la geografía del tejido muscular la complejidad del alma humana.