facebook twitter instagram

La plasticidad a partir de la obra literaria

La plasticidad a partir de la obra literaria

Raquel Gutiérrez

El acercamiento entre la ilustración y el libro ha sido una constante en la historia de la literatura. Aunque se conocen algunas experiencias anteriores, la más popular por sus calidades se remonta a Gustave Doré (1832-1873) quien llegó a ilustrar más de cuatrocientos libros, entre los que destacan las cimas de la literatura universal como es el caso de El Quijote, la Biblia o El infierno de Dante. Algunas de estas obras han pasado a la iconografía universal de la literatura para incorporar a su título la denominación del ilustrador. Tanto es así que hoy en la enciclopedia social del conocimiento al título de la obra ya no le acompaña el escritor sino más bien el ilustrador. Así tenemos «El Quijote de Doré», «El Quijote de Saura», «El Tirant de Manolo Boix» o «La divina comedia de Miquel Barceló». La unión entre pintura y literatura actualiza la imagen con los mismos condicionantes que las diversas teorías literarias renuevan y ponen al día el contenido de la obra escrita.

Las obras literarias incorporan el adjetivo «grande» o «clásico» a partir del momento que pueden ser actualizadas sin perder ni un ápice de su funcionalidad inicial. Esta atrevida definición de «clásica» o «gran» obra literaria tiene su vertiente artística en la redefinición que de ellas han intentado los diferentes artistas plásticos, especialmente, a partir del siglo XIX. Muchos de los nombres universales de la plástica se han acercado a la literatura a través de sus telas y del mismo modo que algunos han optado por rehacer a los clásicos de la pintura –véase el caso del Equipo Crónica con Velázquez- otros han unido su nombre al de un clásico de la literatura universal.

No cabe hurgar mucho para encontrar los nombres de Picasso, Dalí, Barceló y tantos otros que han visto atrapados en su imaginación por unas obras ante las que la crítica literaria se veía incapaz de actualizar desde la palabra escrita. La ilustración, si vale la expresión, reforzaba el carácter clásico de la obra y añadía un innovador concepto a la literatura: la imagen como amplificador del valor artístico. Uno de nuestros más prestigiosos cervantistas, Francisco Rico, tras advertir el ramillete de escritores y pintores (Flaubert, Doré, Dalí, Defoe, Picasso o Rimbaud...) fascinados por la pareja más universal de la literatura española, afirma «A mí, esa unanimidad ya me sirve».

Esta «unanimidad» a la que se refiere Francisco Rico pronto se uniría Joan Castejón (Elche 1945). Como le ocurrió en su momento a otro artista plástico cuyo fallecimiento ha coincidido recientemente con los preparativos de una muestra en el IVAM –Zoran Music-, el paso por la cárcel fue aprovechado para componer un imaginario renovador que les mantuviese vivos. En el caso de Music la pintura fue la salvación a la más que probable locura que envolvió de demencia que penetrante a los campos de concentración nazis. Por su parte, Castejón mantuvo en orden su actividad hasta el punto de descubrir la que sería su locura más cuerda, la lectura de la novela que marcó una de las cimas del boom de la literatura sudamericana. Cien años de soledad se iba a convertir en su personal descubrimiento y no le abandonaría hasta plasmar sobre su cuaderno las imágenes que se habían gestado en su mente.

Lo que en cierto modo fue un homenaje a Gabriel García Márquez dio alas a una lúcida reinterpretación del imaginario creativo del pintor ilicitano a partir de una obra literaria que tendría su continuación con los subsiguientes homenajes a algunos clásicos que forjaban su imaginario literario. Parte de este imaginario literario empezaba a conformarse a partir de los clásicos de la literatura española como Miguel Hernández, Federico García Lorca, Antonio Machado o Benito Pérez Galdós, y se extendía por otro lado a poetas que marcarían sus entretelas más personales como en el caso de Juan Carlos Onetti, Whitman o Kavafis.

Pero Joan Castejón, en ningún momento se desprendió de sus raíces, ni ideológicas ni culturales. De ahí que participase en la colectiva «9 gravadors interpreten Ausiàs March» junto a Rafael Armengol, Arcadi Blasco, Manuel Boix, Joan Genovés, Artur Heras, Joaquín Michavila, Antoni Miró y Vicent Traver, que tuvo lugar en 1997, en la sede de Bancaja, con motivo del 750 aniversario de la muerte del poeta valenciano.

También antes había tenido ocasión de abordar a otro insigne caballero de la literatura universal, Tirant lo Blanch, que había sido modelo del caballero de la triste figura. Así pues, la expresión literaria ya se había asentado en el imaginario castejoniano hasta el de reconocer él mismo que sus limitaciones formativas habían encontrado en la literatura el encaje necesario para hacer brotar de su creatividad el subconsciente freudiano que solo es capaz de despertar un clásico.

El Quijote pasa a ser, de este modo, un leit motiv que no le abandonará desde su primera lectura allá por los setenta y su relectura en los noventa. El resultado han sido más de «doscientos bocetos, libretas llenas de apuntes» y un fluir constante del imaginario individual a partir de la obra literaria tal como han hecho durante el pasado siglo Carlos Saura, Pablo Picasso, Antonio Mingote o Salvador Dalí. Para algunos de ellos ilustrar El Quijote supuso «una fiesta, un reto apasionante y gratificante que creyeron no poder concluir y con el que disfrutaron de lo lindo poniendo amor y devoción».

Considero sinceramente que fue esta égida de fruición y reto al mismo tiempo, devoción y dificultad, bajo la que se cubrió Joan Castejón a la hora de afrontar uno de los mayores desafíos de su carrera como artista, pues antes que él otros artistas ya se habían adentrado en la obra cervantina con resultados esplendorosos, incluso en algún caso, el ilustrador y el estudioso de la obra habían elevado sus estudios a la cima de los estudios quijotescos. Era el caso de la edición preparada por Martí de Riquer y Carlos Saura, que durante muchos años, y aún hoy, es un referente tanto de belleza como de exactitud textual.

La ilustración que envuelve a cada uno de los personajes de la novela que Castejón elige para enfrentar su mirada actual de El Quijote no solamente se asienta sobre su particular interpretación de la lectura sino que alcanza a los condicionantes psicológicos de cada uno de ellos. Así en un alarde teatral más propio de las acotaciones del teatro valleinclanesco que de la visión de un pintor, incorpora el velo –¿podemos considerarlo el efecto distorsionador del difuminado cinematográfico?– como elemento de contrapunto entre realidad y ficción con que Don Quijote afronta las adversidades.

El personaje, en este caso cada uno de los ellos, alcanza con su presencia física la fuerza de la acción hasta despejar el contexto o el paisaje que en otras ocasiones ha protagonizado una obra en la que los iconos paisajísticos parecían convertirse en la fortaleza de la acción. Los molinos, las ventas e incluso la acción propia de los personajes ceden el protagonismo al ser humano que en sus presuntas locuras se adentran en un psicologismo rayano en lo freudiano. ¿Quién se atreve a desnudar la acción y dejarla al margen de las circunstancias de Don Quijote? ¿Quién es capaz de contextualizar el ser humano a partir de su propio yo interior?

Éstas son algunas de las cuestiones a las que se enfrenta Joan Castejón de un modo muy particular en su interpretación de El Quijote y que ahora podemos contemplar y apreciar en esta exposición sobre sus dibujos nacidos al socaire de la obra cervantina. En ellos, Castejón trata de humanizar la obra, ofrecer su lápiz al cuerpo humano –con el psicologismo a cuestas– que esconden los personajes cervantinos. Y una prueba de ello nos la ofrece cuando en la entrevista que concede en las páginas de este mismo catálogo asegura que se ha «permitido hacer un trabajo personal a la vez que ha vuelto a concretar los detalles de ojos, bocas, rostros, expresiones y gestos...»

Su lápiz –vuelvo a insistir en ello– transfigura la acción hasta convertirla en humana plasticidad de los gestos, de las ideas, de las imaginaciones, y no para en mientes cuando para ello tiene que rasgar una parte de su propio yo y presentarlo ante el espectador. Sobre esa grandeza de su propio yo interior edifica una gran parte de esta exposición. Este juego de espejos y miradas interiores sobre el que se han armado muchas ilustraciones de las obras literarias es el que ha dado lugar a nuevas obras de arte. El resultado, aún cuando no siempre ha resultado, satisfactorio para sus autores, nos ha servido a muchos para reconocer la plasticidad de una época y para ajustar la perspectiva de las nuevas miradas. En este caso, Castejón se ha adentrado por el psicologismo interior y su resultado es como afirma J.J. Armas Marcelo «algo nuevo, distinto y autónomo».