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Mauricio Vidales


 JOAN CASTEJÓN Y SU OBRA PLÁSTICA:
LA UNIDAD EN LA MULTIPLICIDAD DE LA IMAGEN

Mauricio Vidales
Dénia, primavera del 2007

Conozco hace poco tiempo a Joan Castejón pero me parece que fuera un viejo amigo. Quisiera yo, con el tiempo, poder llegar a serlo para él. Su personalidad, tan generosa como su obra, me ha permitido que les hable un poco desde mi sencilla forma de entender su obra plástica -ya que deferentemente me lo ha solicitado- a través de estas escasas líneas donde expresaré, más que formales razones estéticas, unas cuantas ideas, sensaciones y emociones que me produce el encuentro con su creación y con su entrañable persona.

Existe una unidad tan demoledora en la obra de Joan Castejón que sin ser uniforme, en absoluto, denota una persistente búsqueda en el ser de lo humano y lo salvaje, de lo racional y lo onírico, de lo telúrico y lo aéreo. La relación del hombre con la tierra, con su entorno, con el otro, con la magia de los sueños del individuo, con la dinámica de los esfuerzos colectivos. Con los referentes del tiempo que lo surca. Con la paz que sueña y la guerra que combate. El artista es uno y es todos. Es como su admirado Whitman, un profeta que goza de la ubicuidad porque todo lo humano le concierne y puede estar al mismo tiempo en el Mediterráneo mientras añora el Macondo de su querido Gabo o deplora con Picasso la suerte de Gernika. Camina con los desplazados de las guerras mientras conversa con Cervantes, quien le insufla nuevos aires para continuar su osada ruta acompañando a los desheredados, levantando su bandera frente a los bárbaros. Castejón se me aparece como un joven caminante que anduviese muchas tardes por los campos de Castilla gozando con las hermosas descripciones de esos parajes por don Antonio Machado y que desde entonces no ha parado de caminar y de pintar la vida y los seres, nada más que para saciar la sed con el vino de las tabernas a orilla de silenciosos pueblos donde el tiempo se detuvo y donde los poetas beben el zumo de la historia en dos o tres compadres que con la mirada lejana del pasado les recrean a los jóvenes, memorias de yuntas y guitarras, de amores imposibles que por realizarlos los anclaron en aquellos pueblos alejados de la mano de Dios, pero donde fueron felices sin remedio y también sufrieron como todos, los reveses de la paradoja vital que nos sostiene: la vida y la muerte en permanente diálogo y confrontación, superada sólo por el amor o la poesía, esas dos formas de la felicidad y la desdicha a la vez, vale decir, como lo dijo Hölderlin un día, que “es sólo poéticamente como el hombre habita la tierra”.

Los personajes de Castejón parecen moverse siempre hacia la transformación, aunque no sepan hacia donde van sus pasos y sus miradas cargadas de nostalgia arañen un futuro, para nada desligado de la Historia. Sus huellas los impulsan, no son simple testimonio de quien pasa por la vida. Ellos van envolviendo el aire con sus gestos, invadiendo la atmósfera de alegría, de magia, de esperanza. Particularmente, en una de sus series de bestias y humanos, el toro que abraza a la mujer trasciende su condición animal y deriva en tierna y expresiva sensualidad, en dulce ofrenda; entrega sin restricciones; vencimiento de lo salvaje que nos habita, al reconocerlo como elemento constitutivo de lo humano. Es la humanidad con su componente animal sin eufemismos. Y al donar el abrazo a la mujer, ella expresa infinito gozo, complemento, protección. Cabría preguntarse si asistimos en la composición a una nueva dimensión del erotismo o si se aproxima quizá, desde lo opuesto, claro está, a Georges Bataille en el sentido erótico que subyace en los sacrificios religiosos y en los crímenes pasionales, que serían la tensión de pulsiones de vida-muerte, de instinto-cultura, según el filósofo francés.

Y en sus encuentros con las hordas, con los clanes, como en el “joc del foc” la experiencia del choque se decanta hacia el resolver una necesidad común tribal; dos grupos enfrentados malogran la posibilidad del compartir un triunfo de la especie y al final la pregunta que se instalaba como un globo entre los bandos, se desvanece de a poco en una disolución desafortunada en la nada de las batallas estériles: de las guerras por el poder; condición humana desde el origen mismo del fuego.

Castejón nos va ofreciendo un vasto universo donde el ser humano se pasea en una totalidad de matices, de circunstancias, de destinos, desde personajes anónimos hasta célebres creadores, artistas, escritores que han dejado huella en su sensibilidad que hurga todas las facetas del ser. Sus cuadros nos hablan del dolor pero también nos ofrecen los rostros del júbilo, de la fiesta; de la lucha por la paz, por la justicia pero además invocan el juego, la quimera, la libertad total de la ensoñación. Veo aquí, dos hombres escindidos cuyos torsos se dirigen al oeste y cuyas piernas caminan al este. Más allá, un grupo de hombres evolucionan hacia el estado canino. Al lado, una gitana recreada a partir de “cien años de soledad” se contorsiona voluptuosa, de espaldas al mundo. La seriedad de la verdad incontrastable y la evidencia sarcástica de la otra realidad, la de la imaginación desbordada que se acuna en una extraordinaria captación de las posibilidades humanas, que en el ejercicio de su propia obra se traduce en alcanzar a expresar lo indecible. Es su acierto poético, mejor dicho, el alto sentido poético de la visualización que nos ofrece de la realidad, de lo inefable que subyace en lo simbólico como elaboración de lo real ante la literal y llana razón de lo prosaico.

Y si de lo poético hablamos en su contenido, no menos poético es lo que sugiere el procedimiento creativo a través de una de sus técnicas más recurrentes y originales - como quiera que la inventó él mismo- la de cera sobre papel con impresión y definición dactilar. Sorprendente técnica por lo ardua y compleja en su ejecución que por otro lado concita en su propia práctica la posibilidad de lanzar al artista desde su propio cuerpo hacia la creación de otros cuerpos. Como en ciertos rituales religiosos donde el contacto con los dioses es directo, sin intermediarios, Castejón se adentra en el alma humana desde la suya propia en la prolongación de sus manos prodigiosas que forjan el milagro de las formas esperadas por sus convicciones más íntimas. Como un pequeño dios en su taller va creando sus seres de cera que luego nos hablarán en su propia jerga de un mundo sin fronteras, sostenidos apenas por el milagro de la poesía que sin cesar brota por todos los flancos del entorno en que los sitúa para que habiten, dancen, giman, amen, lloren, luchen, gocen y se metamorfoseen en lo que algún día no muy lejano soñaron. Sus personajes parecen asistir a una fiesta donde las prendas más íntimas quedan instaladas en el vestíbulo. En los espacios interiores todos deambulan a sus anchas con sus caretas, sus antifaces o con sus mandíbulas batientes; como en un carnaval perpetuo buscan su ritmo, su lugar, su complemento o su refugio, su soledad que quizá puede existir aún en medio de la multitud. Son las posibilidades vitales desde el dolor, la extrañeza o simplemente, desde el asombro ante la Historia y el sentido de existir, que muchas veces el propio ser humano niega, o simplemente no descubre, por evidentes razones de ceguera, frustración, marginalidad o deformación de lo real, pero que felizmente para el mundo, algunos artistas como Castejón, no sin esfuerzo, van sugiriendo nuevas sendas hacia ellas. Es decir, traza caminos hacia una auténtica libertad creadora, humanizadora.

Salud, Joan, por esos seres de cera y fuego que brotan de tus manos de taumaturgo mediterráneo, navegante de todos los mares, tallador de almas que no cesan de soñar, y que afortunadamente alumbrarán, para siempre, nuestra pequeña esfera.