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Una entrevista con el pintor

Entorno al Quijote con Joan Castejón Una entrevista con el pintor

Mar Menéndez

Don Quijote de la Mancha, la gran novela de Cervantes, no ha podido pasar inadvertida en las artes plásticas. Son muchos los artistas que se han inspirado en las andanzas del Quijote y su leal escudero Sancho Panza, habiendo creado una universal iconografía de sus protagonistas fácilmente reconocible. Un personaje sumergido en una locura que le lleva a iniciar un viaje en busca de aventuras impartiendo los criterios de bondad y justicia en un mundo en descomposición y en crisis; un idealismo mesiánico incomprensible para los individuos sin escrúpulos que se encuentra en su camino. Espiritualidad y pragmatismo, locura y sensatez, realidad y ficción ¿Quién podría sustraerse al rico imaginario de este libro y al encanto decadente de quien se llama así mismo “el caballero de la triste figura”? Goya quiso ilustrarlo pero quedó en intento frustrado; Gustavo Doré realizó la más famosa ilustración de la novela; de Picasso se dice que al tiempo que le proponían el encargo para una revista realizó el conocido dibujo del Quijote y Sancho, y Dalí añadió a su imaginario surrealista las fantasías del caballero. Son muchos los que han caído bajo su influjo.

Joan Castejón tampoco ha podido resistirse al encanto de la novela cervantina. Nada extraño en un artista que se haya tan ligado al mundo literario prácticamente desde sus comienzos, a partir de la serie que realizó en los años 70 sobre otra de las grandes novelas de la literatura universal: Cien años de Soledad. Tras esta serie, el estilo realista e imaginativo de Castejón –similar al inaugurado por Gabriel García Márquez en su novela, el realismo mágico– guardará una estrecha relación con la literatura. Una relación que el escritor Mario Vargas Llosa, en el catálogo de dicha exposición, describió, acertadamente, de esta manera: “las artes plásticas y la literatura no son paralelas, pero tampoco enemigas: pueden prestarse buenos servicios, estimularse mutuamente y hacerse el amor con todo éxito.”

Toda esta pasión que Joan procesa por la literatura probablemente brote de sus esfuerzos por suplir su carencia de estudios académicos. Él mismo, durante el desarrollo de esta entrevista, nos habla de unos orígenes humildes que tanto han condicionado su vida. La trayectoria personal de este artista guarda una curiosa similitud con la del poeta Miguel Hernández, otro de los escritores a quien Joan Castejón ha homenajeado. Alicantinos ambos, tanto el uno como el otro, apenas pudieron asistir a la escuela, lo justo para asomarse a un mundo que por sus circunstancias personales les estaba vedado, no habiendo tenido el acceso normal a la cultura que a otros jóvenes se les prodigaba y de la que ellos tuvieron que adueñarse por sus propios medios; unas inquietudes similares y un común talante inconformista condujo a Miguel Hernández a militar políticamente en el campo republicano y más tarde a la muerte en prisión, mientras que a Joan Castejón también lo ha llevado a la cárcel y a seguir viviendo y trabajando siempre a contracorriente, convirtiéndose en el devoto lector que manifiesta en sus obras.

Al sumirnos en una novela, inevitablemente comenzamos a imaginarnos los rostros de sus protagonistas, los escenarios en que se desenvuelven y todo aquello que el escritor deja implícito. Joan va más allá llevándolo al papel en forma de dibujo. Este es su modus operandi que ha dado lugar a distintos homenajes a poetas y escritores: Lorca, Galdós, Miguel Hernández, Machado, Ausias March, Whitman, Onetti, Kavafis… La mayoría de estos autores que inspiran a Castejón presentan algunas de esas características distintivas como el marchar a contracorriente, ser incomprendidos en su tiempo, anacrónicos incluso, impregnados de un idealismo romántico, con tendencias políticas –y a veces sexuales también– contrarias a lo “establecido”… En definitiva un cierto halo de “poetas malditos” que nos entusiasma quizá porque todos llevamos algo de maldito dentro. Castejón también, su vehemencia por el dibujo minucioso y detallista, su inspiración en las fuentes literarias… hay algo de anacrónico en todo esto, a igual que en el propio Cervantes y en su personaje. Son figuras a las que Castejón ya se había aproximado anteriormente: primero en la década de los 70; luego en los 90 cuando realizó una serie más extensa de los episodios del hidalgo, y también en esos años abordó al otro caballero español, Tirant lo Blanc. Y en este último año lleva a cabo la ilustración de La Ruta del Quijote de Azorín. Distintos acercamientos a unas figuras, tan allegadas al propio artista, que ahora culminan en esta serie que presenta en el IVAM Institut Valencià d’Art Modern, o ¿tal vez no?

Pregunta: Me gustaría que comenzaras comentado cómo fueron los inicios de tu formación artística. Parece que asististe a la Escuela de BB. AA. de San Carlos de Valencia como alumno libre y más adelante viajaste a Francia, pero tampoco parece que hayas tenido escuelas o maestros, ¿cómo fueron esos comienzos en el arte y qué influencias has recibido?

Respuesta: Asisto como alumno libre porque cuando llego, a los 17 años, me encuentro sin el bachiller y sin saber qué exigían en la Escuela para ingresar, tan sólo traigo una gran vocación, quizá la única herramienta que tengo. Yéndonos un poco más atrás en la historia, te explico también lo de no tener el bachiller: me crié entre las montañas en un medio inculto y muy agreste hasta los 9 años cuando me trasladé a Elche con mi familia. Allí pude asistir al colegio durante aproximadamente un año y medio. Mi situación familiar me obliga a trabajar para aportar un sueldo y es mi propio interés lo que me hace asistir esporádicamente a alguna clase nocturna para aprender a leer y “hacer cuentas”. Mi vocación es lo que me va impulsando, vocación que no sé de donde me viene pero que se manifiesta tempranamente como cuando, por ejemplo, al llegar a Elche a los 9 años realizo mi primera exposición con unas figurillas de barro que mi madre me cocía en el horno junto al pan, o cuando a los 12 años me convierto en pintor dominguero. Lo que quiero decir es que yo soy un poco víctima de la posguerra, los años 40 y principios de los 50, años duros y difíciles, en los que había que sobrevivir y no tuve la fortuna del acceso a la cultura.

P: Y sin embargo llegaste a Valencia a continuar tu formación, ¿qué situación te encuentras en esa ciudad?, ¿cómo era el ambiente de esa Escuela?

R: Llego a Valencia rebotado de Elche y del ambiente limitado de esa ciudad en aquel momento. Logré apuntarme a alguna clase particular como oyente y eso fue lo que hubo como aprendizaje y, aunque ya sólo esto cambió absolutamente mi mundo, como comprenderás, yo no estaba muy metido en ese círculo, más bien me encontraba en una situación periférica. Me llegaba algo del ambiente del que debía ser mi curso… Veía que se luchaba contra el academicismo y contra los profesores de la época, pero no me afectaba directamente. Yo creo que ese poco prejuicio que tengo de representar la figura humana viene de no haber tenido que tropezar con el academicismo, yo todavía quiero “dibujar bien”.

P: ¿Eres, entonces, un pintor autodidacta?

R: A los 15 años visité por primera vez el Museo del Prado, y a partir de ahí creo que dejé de ser autodidacta, me zampé a Velázquez, a Goya y a todos esos grandes maestros. Una vez en Valencia, comienzo a exponer, al principio colectivamente con la gente de mi edad, y ya en el 66 hago mi primera exposición individual en la Galería Mateu, tengo 20 años y ya soy un pintor como dios manda, hago exposiciones y empiezo a vender. Me va interesando menos el aprendizaje de la Escuela y me convierto en un pintor profesional.

P: Y en aquellos momentos en que debutas en la Galería Mateu, presentas una exposición, ¿sobre qué temas?, ¿cómo es tu entrada en escena?, ¿cómo la definirías?, ¿y la recepción?, es decir: ¿qué estás haciendo cuando debutas como artista?

R: Vamos a ver…, es el 66, momento en que ya han surgido algunos colectivos de artistas y grupos al pairo del pop art sobre todo, yo estoy pasando bastante de los movimientos y corrientes de unos y de otros. Los veía muy cercanos como personas, pero sin embargo yo traía esa intuición de pintor, que desemboca en una pintura personal, quizás pasada por el tamiz de la época azul o rosa de Picasso o de Modigliani, incluso un cierto expresionismo. Recuerdo algunos cuadros de esa época, un homenaje a Flora con un fondo verde y un desnudo. Intuitivamente estoy sacando a la luz a ese pintor que me empuja desde crío contra todos los vientos y mareas y todas las inculturas, me veo como una especie de corredor de fondo que hace su trabajo al margen de tendencias. A mí me gusta e interesa, lo que hace el Equipo Crónica, me encanta, pero yo no me veo ahí. Es como si yo tuviera ese… no sé cómo llamarlo… ese individuo secreto que tiene que salir y tiene que salir… es como si hubiera nacido para hacer algo importante pero se me hubiera olvidado, ¡a ver qué tengo que hacer yo aquí ahora! Y siempre esperándolo.

P: Es por esa época cuando te meten preso por motivos políticos, pero eso no frena tu vocación y parece influir en esa búsqueda de la que hablas.

R: Efectivamente, en el 67 me encarcelan, entonces me meto a trabajar apasionadamente convirtiendo esa situación en mi escuela y mi terapia. Se cuentan más de dos mil los dibujos hechos en aquella época que forman parte de eso, de esa terapia y de esa autoescuela que se prolonga durante los 70 y parte de los 80, con los desgarros, los maniquíes, lo testimonial… Es, quizás, donde más se ratifica esa personalidad ingenua mía y anacrónica si quieres, siempre he funcionado así: intuición y cierto anacronismo. Y he tenido la suerte de vivir de mi obra, he tenido que currármelo mucho manteniéndome lo más fiel posible a mí mismo… he sido más cabezota que pintor. P: Has mencionado antes al Equipo Crónica y otros colectivos, también tu formaste parte del Grup d’ Elx, ¿con qué propósito surgió? ¿trabajabais de manera colectiva, o individualmente dentro de un colectivo?

R: Sí, en el Grup d’Elx estaban Sixto, Albert Agulló, y Coll que había acabado la Escuela prácticamente cuando yo empezaba a pulular por allí. Ellos sabían que yo era un pintor del pueblo, que estaba funcionando y haciendo exposiciones. Se interesaron por mi trabajo, de manera que cuando se formó el grupo contaron conmigo y esperaron a que yo saliera de la cárcel para que me uniera a ellos. Salgo en el 69 y me traigo en la cabeza un manifiesto al que le dio forma Ernesto Contreras. Un manifiesto que podríamos calificar de popular, con esa idea de abaratar los precios y socializar el arte que revolucionó el tema en aquella época… fue, dijéramos, cuando yo participo de lleno en el Grup d’Elx. Trabajábamos, efectivamente, de forma individual dentro de un colectivo: cada uno hacía su obra con una preocupación compartida acerca del hombre y de la sociedad. Las exposiciones tenían un carácter muy politizado, abaratábamos los precios y les llamábamos exposiciones de campaña popular. Pretendíamos que el público tuviera acceso a esa obra. ¿Conoces la historia? Poníamos un cartel al lado de cada cuadro donde especificábamos el material empleado, las horas de trabajo que equivalían al salario de trabajo de un trabajador de la construcción o de los zapatos. Entonces un cuadro se vendía en 2.525 con 50. Eso estaba muy bien, había muchos que se aprovechaban y compraban tres de cada autor y otros a quienes ni aun así tampoco interesaba y no compraban nada. Pero vaya, intentábamos llevar el arte como creíamos que debía ser en aquel momento una especie de socialización de aquella época, un intento romántico. Fui miembro del grupo hasta que me trasladé a Canarias, el lugar más lejano sin pasaporte.

P: En toda esta preocupación por el hombre y por la sociedad, que se aprecia en esos cuerpos a medio hacer o medio rotos, desgarrados, esas Mutaciones… de tus cuadros de esa época de la cárcel y en adelante, hay una visión existencialista no sé si atravesada por la filosofía de la época que tuvo una importancia singular en tu obra.

R: Sí, creo que he sido una esponja de todo lo que ocurría, y en el fondo uno se hace autorretratos, es decir, las vivencias están ahí y tú lo que haces es mirarte a ti mismo, si eres sincero con lo que haces. Me hubiera engañado si no hubiera estado en los problemas de la época, los del final del franquismo, terribles para unos aunque otros no se enteraron de nada, pero duros en general. Me tocó esa época y lo expresé como supe, dentro de ese contexto; intentando ganar las libertades que han ido, viniendo y yéndose. Era una fijación, había que acabar con ese monstruo, que duraba demasiado y había que dar paso a la democracia.

P: Eres al mismo tiempo pintor y escultor, algunas de tus obras parecen bocetos para posteriores proyectos y creas a menudo efectos tridimensionales en tus dibujos. ¿Cómo empezaste? ¿Cómo se interfieren ambas actitudes artísticas, la del pintor y la del escultor, dos maneras distintas de interpretar el espacio?

R: ¿La escultura? De siempre. Cómo decía antes, mi primera exposición a los 9 años fue de escultura… No noto mucha diferencia, en realidad dibujo como si modelara. En muchas ocasiones, me apetece volcarme en lo tridimensional, ahora tengo el encargo de una escultura para Elx y estoy deseando abordarla porque me encanta, pero también en un plano, en un soporte de papel donde no había nada, también me divierte mucho crear formas, que probablemente tengan esos efectos.

P: Durante tu estancia en Canarias abordas todo ese inmenso y reconocido trabajo de tu serie sobre la novela Cien años de Soledad que presentas en Las Palmas, Barcelona y Valencia. Este parece el inicio de esa tendencia tuya, que te acompañará siempre, de beber de la literatura como fuente de inspiración. Cuéntanos como surge este ciclo.

R: También comienza en la cárcel, la última en la que estuve fue en Canarias, porque me viene ratificado una historia del Tribunal de Orden Público y es allí donde me cogen y meten preso durante siete meses. En ese tiempo leo la novela y me encantó; me sumerjo en ese mundo mágico, que, como ya sabéis, es rico y generoso, el desencadenante de muchas cosas que en mi caso se convierten en bocetos y dibujos. La idea de realizar este proyecto se materializa cuando al salir de la cárcel, Juancho Armas Marcelo, uno de los primeros en entrevistarme, me preguntó sobre qué trabajos tenía en mente y le contesto mi plan de pintar Cien años de Soledad, él también se entusiasmó con el proyecto y me animó bastante. El propio Vargas Llosa participó en el catálogo. Estuve cerca de 2 años pintando, de mis bocetos y dibujos surgieron cerca de un centenar de obras, casi una por año de soledad.

P: A continuación vienen otros homenajes, por citar algunos: Lorca, Miguel Hernández... Esta vinculación de tu obra con la literatura resulta también algo muy peculiar dentro de tu posición solitaria porque actualmente existe una cierta animadversión hacia el arte literario y eso no ha supuesto ningún problema para ti que te has mantenido fiel a tu condición de lector.

R: Sí, es así. También vivimos unos tiempos en los que no se lee mucho, pero la literatura es como un fermento muy importante para mí, me anima a trabajar. Con Onetti, con Walt Whitman… siempre que cojo un texto acaba convirtiéndose en unos cuantos dibujos, a veces pinturas. Esta vinculación es una constante. Mis trabajos sobre el Quijote empiezan así, abocetando las aventuras del personaje que Cervantes va narrando.

P: Existen en tu obra ciertas obsesiones, motivos insistentes, como son la presencia del caballo, de las anatomías, de esos cuerpos desnudos… que se repiten en fases sucesivas hasta desembocar en esta serie del Quijote.

R: Respecto al caballo… me resulta muy próximo, es una máquina preciosa, cercana al ser humano y me encanta su anatomía. Os contaré una anécdota: primero sentí odio y después amor hacia el caballo. Hice la mili en sementalia porque no podía hacer uso de armas por mis problemas políticos, entonces me pusieron a domar potros, ¡que me pegaban unas hostias!… pero poco a poco me fui haciendo con ellos, montándolos, a pelo, sin silla, que es como me gusta, hasta convertirme en una especie de centauro.

P: Resulta además un animal difícil de dibujar, es como la prueba de fuego para el pintor de pintura épica. Y esta última serie del Quijote te ha permitido recrearte en ese motivo, no hay más que ver esos dos cuadros con la gran turbamulta caballeresca.

R: Sí, es otro de los protagonistas, anteriormente el caballo aparecía esporádicamente pero aquí, su presencia resulta imprescindible y lo he disfrutado. Plásticamente me atrae mucho, quizás sea cierto eso de que es difícil de pintar, pero en mi caso me cuesta el mismo trabajo pintar un caballo que un desnudo humano.

P: En tus trabajos más recientes se advierten distintas formas de abordar la anatomía humana, por un lado esas figuras desnudas, masculinas en su mayoría, sin rasgos en el rostro, luego esa otra serie de los desplazados con ropas que carecen de cuerpo como si se hubieran desvanecido y ahora, en el Quijote, rostros y cuerpos se encuentran nuevamente y se visten para contar una historia.

R: Me llama la atención la masificación humana, sobretodo la anónima, gente que va de un lugar para otro, sin rostro en la mayoría de los casos… Efectivamente, fui borrando los rasgos; en la exposición de Chile, no había rostros. Después, con los ropajes tampoco había cuerpos, era casi un fantasma lo que aparecía. Gracias al Quijote he podido salvarme de eso porque no sabía adonde iba a llegar con esa dinámica de eliminar cosas y ahora con este trabajo vuelvo a ceñirme al dibujo, a retomar ojos, orejas, bocas, gestos, expresiones…anatomías.

P: El Quijote no es una cosa nueva para ti, no surge de pronto ahora en el 2005, anteriormente ya habías hecho La Ruta del Quijote de Azorín y también había piezas previas en los 90 e incluso en los 70 ¿Cómo has ido abordando esta caracterización y evolución del personaje durante este tiempo hasta llegar a este ciclo más compacto que presentas ahora en el IVAM?

R: Pues mi memoria es un desastre, me imagino que para los trabajos sobre el Quijote de los 70 me debí leer la novela en esos años. La volví a releer en los 90 y me permitió el lujo de hacer una versión muy particular, tal vez un poco freudiana. Esto es otra historia, otro tipo de acercamiento diferente al de la ilustración de un texto pero sin huir tampoco de ella, cuando ha aparecido la necesidad de que surgiera una imagen más anecdótica, no la he rechazado. Pero siempre uno quiere hacer cosas diferentes, aportar su grano de arena que, a lo mejor, es lo que te aparta del texto y te regala también la posibilidad de decir algo distinto que inventas sobre la marcha. Es como un piropo a Cervantes.

P: Supongo que cuando uno se enfrenta a las grandes obras de la historia de la pintura o de la literatura, hay ese momento intenso en el que uno se dice: ¿estaré a la altura de lo que estoy homenajeando, responde a la honda pasión que siento por este texto? Y en base a esta preocupación tuya en la suite del ciclo, que es además muy variado, incluyes dibujos de retratos, personajes del Quijote, versiones más oníricas del Quijote, el Quijote erótico, el Quijote bélico, el Quijote coronado, Eros, Tánatos y la Gloria, hay como distintos capítulos, cosas que corresponden a pasajes conocidos del Quijote e inspiraciones tuyas de la novela. ¿Cómo ha sido la selección de los temas de una novela que da un imaginario inabarcable?

R: En realidad ha habido de todo, pasajes del libro en los que me hubiese gustado meterme más a fondo y los he trabajado de manera superficial, una pena. Tengo como doscientos bocetos, libretas llenas de apuntes que surgen a medida que voy leyendo. A lo mejor me animo y sigo, y esto se convierte en el inicio de algo más extenso, porque siento que no he hecho nada, que todo esto es como un entremés a una obra inmensa, como la superficie de un gran lago al que me puedo tirar de cabeza. Los episodios que sí he materializado casi son accidentales y en este proceso muchas otras cosas se han quedado fuera. “La cueva de Montesinos”, por ejemplo, con sus múltiples niveles de lectura, desde el chiste hasta una posible referencia platónica. En general, en toda la obra se aprecian esos distintos niveles de lectura.

P: Claro, desde una lectura literal hasta la más idealizada, como la que hace Nabokov sobre la representación de la crueldad en el Quijote…

R: Y es que es un libro muy cruel: siempre acaba molido a palos, se ríen de él, como en el episodio de los duques con la cruel Altisidora… en el fondo te cabrea y dan ganas de llorar a la vez que te ríes con este pobre personaje que intenta difundir su ideal de bondad, verdad y heroísmo en una época de descomposición. Un libro tan castizo y costumbrista en muchos momentos que, sin embargo, va más allá de ese realismo, se traslada siempre a otra dimensión. Y luego esa apertura que hace a la novela posterior, como el camino a futuras obras literarias.

P: Sí, inventa sin duda la modernidad literaria, la literatura dentro de la literatura, como Velázquez la pintura dentro de la pintura. Corresponde además a una época de esplendor y de decadencia simultánea y que de alguna manera sigue presente en el “español” de hoy día que siempre está más dispuesto a constatar las derrotas que los éxitos y esa es la contemporaneidad del Quijote y la razón de por qué hoy día seguimos leyendo esa novela.

R: Efectivamente, tiene ese carácter atemporal de todas las grandes novelas que hace que en cada época le encontramos algo diferente. Es evidente que actualmente se lee de manera muy distinta a como la encontraron sus coetáneos. Todavía hoy día suscita cierta polémica, de ahí que ahora estemos hablando de ella, de sus niveles de lectura y de sus interpretaciones.

P: Otro aspecto es ese carácter de autorretrato. Cuando uno se enfrenta a la lectura de este libro nunca deja de verlo como algo en lo que reflejarse. ¿Podríamos decir que en tu aproximación al Quijote hay algo de Castejón? Un Joan Castejón quijotesco debatiéndose entre el ideal y la realidad.

R: Ciertamente que puede verse así porque yo también dejo hilachas de mí mismo al retratar los personajes y situaciones de Don Quijote. Sí que hay fragmentos del uno y del otro. Esta capacidad de autorretratarnos que tiene el personaje es quizás porque el propio Cervantes le ha dado analogías de sí mismo. Esto la convierte también en una novela universal.

P: Y es trágico, o tragicómico, que cada época tenga que tener sus personajes intempestivos. Don Quijote es anacrónico en su época, está aferrado a unos códigos éticos que nadie le obliga a defender salvo su obsesión, de manera similar al arte, cuya materia no es el carboncillo, ni el óleo, ni el neón, sino la obsesión. ¿No te sientes tu intempestivo por tu obsesión en hacer lo que haces?

R: Eso lo suscribo totalmente, antes he empleado la palabra “periférico” pero me parece más oportuna ésta de intempestivo, alguien que lucha por defender unos ideales ya inexistentes en la época.

P: También has sentido la necesidad de pintar a una Dulcinea velada, apenas vislumbrada, como en un sueño. Dulcinea es sólo un nombre dulce que nos promete mucho pero que no es nada, es también una mujer escrita que representa el objeto ausente del deseo.

R: Ahí intento meterme en el sueño del Quijote que más que haber visto a Dulcinea, debió soñarla. ¡Quién sabe!, quizás fuera alguna novia que él tuvo y la relaciona con la Aldonza consabida de su pueblo, pero ¿quién es Dulcinea? ¿una mujer bella o tosca? Decididamente es un sueño, una especie de destello de luz que ilumina a Don Quijote y lo reanima ante cualquier adversidad.

P: La novela del Quijote tiene además su propia iconografía bien caracterizada alrededor de los dos personajes centrales, una iconografía romántica y pintoresca, que llega hasta hoy día. ¿En qué medida esta iconografía preexistente te ha frenado o aportado algo?, ¿has tenido que dejarla de lado o te ha servido como materia sobre la que trabajar?

R: No la he apartado mucho. Sin someterme a la mera ilustración, me he permitido hacer un trabajo personal a la vez que he vuelto a concretar los detalles de ojos, bocas, rostros, expresiones y gestos en definitiva, que, cómo comentábamos antes acerca de la serie de los desplazados, estaba eliminando demasiado.

P: Y sin embargo presentas retratos del Quijote cuya mirada va descomponiéndose y desapareciendo como el semblante, y también usas de ese “velo” blanco translúcido que potencia una visión más onírica. También estos destellos de luz parece que alejan el trabajo más minucioso y figurativo hacia un espacio más misterioso. Me gustaría que lo comentaras.

R: Ha surgido así y me alegro que lo veas. Esa luz que aparece por ejemplo en la cabeza parlante responde a una búsqueda de avanzar un poco más allá, de transformar la realidad, como hace el Quijote, es como dejar entrar la magia a través de la luz para que ilumine y transforme a esa dura Castilla. Son como estas piezas de la turbamulta caballeresca, quemadas por el fuego donde aparece el blanco puro y se vislumbra el retrato del personaje.

P: En este homenaje al Quijote que presentas en el IVAM, a diferencia de tus anteriores trabajos sobre esta novela, los personajes se van viniendo a un primer plano, los suelos han desaparecido y casi el único paisaje que aparece es el humano, parece como si sucesivamente los personajes se hubieran ido acercando cada vez más al público como en una obra de teatro donde al final los actores se acercan para saludar.

R: Bueno, es que realmente quiero dejarlas actuar, que se note que están ahí, que tengan un escenario donde desenvolverse, en un espacio más cercano y más limitado. Cuando preparé La Ruta del Quijote de Azorín, ahí sí que había una preocupación por el paisaje porque me interesaba ese texto, en el que sí había paisaje. Ahora, en cambio, he tenido la necesidad de traer las figuras a un primer plano y convertirlas en las únicas protagonistas de la historia. Es bonito que lo comentes aunque, al fin y al cabo, el Quijote comienza en un lugar de la Mancha…